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La doctrina de seguridad nacional y la construcción del enemigo interno en América Latina

por Hilder Alberca Velasco



Amerita retomar estos análisis en contextos históricos y políticos como los que actualmente estamos viviendo. Para un estudioso de las Ciencias Sociales y Humanas, estos temas no deberían resultar novedosos, dado que han sido abordados de manera sistemática a lo largo de la formación universitaria. El objetivo de este breve resumen ampliado es analizar la continuidad histórica de la doctrina de seguridad nacional, desde la doctrina Monroe y la idea del destino manifiesto, hasta su reactivación en el escenario contemporáneo durante el gobierno de Donald Trump, resaltando el tránsito fundamental del enemigo externo al enemigo interno, concebido ya no como un Estado, sino como individuos y grupos sociales al interior de las propias sociedades latinoamericanas.


La doctrina de seguridad nacional en América Latina fue una expresión directa del poder ideológico y político de Estados Unidos durante la Guerra Fría. Como explica Francisco Leal esta doctrina no surgió de manera autónoma en la región sino que fue impuesta como parte de una estrategia hemisférica con raíces profundas en la doctrina Monroe. Desde el siglo XIX Estados Unidos se concibió como una nación elegida con una misión moral casi religiosa que le otorgaba el derecho de intervenir y juzgar a otros pueblos. El destino manifiesto reforzó esta idea al presentar la expansión estadounidense como un mandato divino incuestionable y superior.

Durante la Guerra Fría esta visión se tradujo en una redefinición de la seguridad. El enemigo dejó de ser un Estado extranjero y pasó a ser un sujeto interno. El peligro ya no estaba en las fronteras sino dentro de la sociedad. Estudiantes obreros campesinos militantes políticos y ciudadanos críticos fueron convertidos en amenazas. Este cambio permitió justificar la militarización del Estado y la represión sistemática. La doctrina de seguridad nacional transformó la política en un asunto militar y convirtió la disidencia en delito permanente.


Estados Unidos promovió esta lógica a través de plataformas de formación militar y manuales de contrainsurgencia donde se enseñaba que la subversión se infiltraba en la vida cotidiana. Así los Estados latinoamericanos dejaron de proteger a sus ciudadanos y comenzaron a vigilarlos. La relación entre Estado y sociedad se basó en la sospecha permanente y el miedo colectivo. El control social se volvió prioridad y la violencia una herramienta legítima del poder.


Aunque el fin de la Guerra Fría pareció cerrar este ciclo la llegada de Donald Trump mostró la persistencia de esta lógica. El enemigo interno reaparece bajo nuevas etiquetas como migrante narcotraficante terrorista o agitador social. Nuevamente no se enfrenta a Estados sino a individuos. Para los pueblos latinoamericanos esta continuidad es una señal clara de que la soberanía sigue condicionada.


Si no eres de las ciencias sociales y quieres textos exactos sobre el tema escribirnos, havrufino123@gmail.com

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