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El capitalismo no tiene amigos ni fronteras



Cuando Augusto Monterroso escribió que al "despertar el dinosaurio todavía estaba allí", no hablaba de un animal prehistórico. Hablaba del poder que sobrevive al sueño, al olvido y a la negación. El capitalismo funciona de la misma manera. No necesita anunciarse, no necesita permiso. Cuando creemos haber despertado, ya está ocupando todo. Este texto parte de esa certeza.

El capitalismo no es una anomalía ni un exceso reciente, es una estructura que permanece, que se adapta y que avanza sin fronteras ni lealtades.
Es más que sabido que hablar de capitalismo, es mencionar a una alma que no tiene amigos ni fronteras. No reconoce lealtades ni identidades, solo calcula y machaca lo que no esta en su programa. Avanza donde puede, retrocede cuando conviene y vuelve a entrar cuando encuentra una grieta. No responde a banderas ni a pueblos, responde a la acumulación del capital.

No es un sistema de intercambio, es un sistema de poder. Organiza la vida social según la ganancia y convierte todo lo demás en obstáculo. Si algo no produce valor económico, se vuelve prescindible. Personas incluidas.


Desde la sociología crítica, el capitalismo no es solo una economía. Es una forma de ordenar el mundo. Define qué vidas valen, cuáles sobran y cuáles pueden ser sacrificadas sin escándalo. Su violencia no siempre grita, pero siempre opera, no cesa nunca.


El capital no necesita enemigos, necesita oportunidades. Puede financiar guerras y reconstrucciones con la misma frialdad. Puede destruir un país y luego invertir en sus ruinas. No hay contradicción, hay coherencia.


No tiene patria porque la patria lo limita, lo que si tiene es quien lo administre, o maneje sus intereses. Cuando un Estado protege demasiado a su gente, el capital huye. Cuando un Estado se rinde, el capital entra. Eso sucede con potencias como los Estados Unidos, no puede estar quieto porque su hambre es sin fondo no tiene límite.


El capitalismo produce desigualdad no como error sino como condición. Necesita concentración para existir. La riqueza de unos pocos no es consecuencia accidental de la pobreza de muchos, es su causa directa. Desde la ciencia política, esto se traduce en un vaciamiento de la democracia. Se vota, pero no se decide. Las decisiones reales se toman en mercados, fondos y organismos que nadie eligió.


El trabajo deja de ser derecho y se vuelve mercancía. El cuerpo se mide en productividad y el tiempo en rentabilidad. Vivir se transforma en sobrevivir dentro de un sistema que nunca se sacia. El capitalismo tampoco conoce límites morales. Puede vender armas y discursos de paz al mismo tiempo. Puede hablar de sustentabilidad mientras destruye territorios enteros. No miente, simplemente no tiene ética.

Cuando aparecen crisis, no se cuestiona su lógica. Se la profundiza. Ajuste, recorte y sacrificio siempre caen del mismo lado. El sistema se salva a sí mismo, aunque eso implique arrasar con todo.


Estados Unidos es uno de sus mejores ejemplos. No porque sea único, sino porque lo muestra sin pudor. Donde hay negocio, hay intervención. Donde hay resistencia, hay castigo. Europa acompaña con discursos elegantes y manos limpias, pero en los último días, esta comiendo de su propia comida. El dinosaurio se despertó y cuando despertaron su aliado se prepara para devorarlos.


Pero el problema no son esos lugares en particular. Son solo rostros visibles de una lógica global. El capitalismo actúa igual en el norte y en el sur, cambia la intensidad, no la naturaleza.


Lo que debemos de saber es que "No existe capitalismo humano", solo etapas más o menos violentas del mismo proceso. Cuando parece amable es porque todavía no terminó de avanzar. Cuando muestra los dientes, ya es tarde.


La promesa de progreso funciona como anestesia. Se acepta la precariedad hoy a cambio de un futuro que nunca llega. El sacrificio se vuelve virtud y la explotación, normalidad. El capitalismo también invade la subjetividad. Enseña a competir, a compararse y a desconfiar. Rompe la idea de comunidad y convierte al otro en amenaza.

La soledad no es un efecto colateral, es una condición necesaria. Un individuo aislado resiste menos. Un pueblo fragmentado obedece mejor.
No hay pacto posible con un sistema que no reconoce límites. No hay diálogo con una lógica que solo entiende de ganancia. Pensar que puede regularse sin tocar su base es autoengaño.

Finalmente, el capitalismo no tiene amigos porque todo lo usa. No tiene fronteras porque todo lo cruza. No tiene moral porque no la necesita.

Nombrar esta mierda no es exageración, es precisión política. Quitarle el maquillaje técnico es el primer paso. Mientras se lo siga tratando como natural, seguirá destruyendo sin dar explicaciones.


Este texto no busca consenso. Busca claridad. El capitalismo no está roto. Funciona exactamente como fue diseñado. Y mientras siga así, la bronca también es una forma de conocimiento.


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