Entre vivos y plebeyos: ética cotidiana y normalización de la trampa
- Rufino Pariacaca
- hace 3 minutos
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Lo que vamos a leer te va helar el cuerpo porque es una realidad existente en nuestra sociedad. Este texto de opinión esta basado en un documental en la figura del “vivo” ocupa un lugar incómodamente familiar. No es solo un personaje anecdótico, sino una representación social profundamente arraigada que condensa prácticas, valores y justificaciones que atraviesan nuestra convivencia. El cortometraje Entre vivos y plebeyos pone en escena esta figura para cuestionar una lógica que, aunque parece menor o inofensiva, termina socavando los cimientos éticos de la sociedad.
El “vivo” es aquel que se adelanta en la fila, evade una norma, saca ventaja del sistema o encuentra el atajo para no cumplir con lo que corresponde. Lo problemático no es solo la acción en sí, sino la legitimación social que la acompaña. Muchas veces estas conductas son celebradas, toleradas o relativizadas bajo frases como “así es el país” o “si no lo hago yo, otro lo hará”. En contraste, el “plebeyo” quien respeta las reglas aparece como ingenuo, lento o poco hábil para “defenderse” en un entorno competitivo y desigual.
Esta oposición revela una tensión central en nuestras costumbres ciudadanas, dada la normalización de la trampa como estrategia de supervivencia. En contextos marcados por la desconfianza institucional, la precariedad y la desigualdad, cumplir las normas suele percibirse como una desventaja. Así, la ética deja de entenderse como una reflexión sobre lo correcto y se reduce a un cálculo individual de beneficios y pérdidas. El resultado es una cultura donde el incumplimiento se vuelve cotidiano y la responsabilidad colectiva se diluye.
El cortometraje de vivos y plebeyos no propone una moral abstracta ni un discurso aleccionador. Por el contrario, invita a mirarnos en el espejo de nuestras prácticas diarias y reconocer cómo pequeñas acciones reproducen un entramado más amplio de desorden y desconfianza. La trampa cotidiana no es un hecho aislado: se acumula, se contagia y termina configurando una forma de relación social basada en la sospecha permanente.

Esta reflexión adquiere especial relevancia cuando se vincula con la función pública. El “vivo” que se cuela en una fila no es muy distinto del funcionario que usa recursos del Estado para fines personales o favorece intereses particulares. Ambos operan bajo la misma lógica, priorizar el beneficio propio por encima del bien común. Cuando estas prácticas ingresan al ámbito estatal, sus efectos se amplifican, afectando la calidad de los servicios públicos y debilitando la confianza ciudadana en las instituciones.
El Código de Ética de la Función Pública ( Ley 27815) busca precisamente romper con esta lógica, estableciendo principios como la probidad, la neutralidad y el uso adecuado de los bienes públicos. Sin embargo, ninguna norma es suficiente si no se acompaña de una ética cotidiana compartida. La función pública no está aislada de la sociedad, es un reflejo de ella. Los servidores públicos no emergen de un vacío moral, sino de las mismas prácticas y valores que se aprenden y reproducen en la vida diaria.
Entre vivos y plebeyos nos recuerda que la ética no comienza en las grandes decisiones, sino en los gestos mínimos. Respetar una fila, cumplir una norma o rechazar una ventaja indebida son actos aparentemente simples, pero fundamentales para reconstruir la confianza social. Dejar de admirar al “vivo” y cuestionar sus prácticas es un paso necesario para fortalecer una ciudadanía más responsable y una función pública verdaderamente orientada al servicio de todos.
Referencias.
Entre vivos y plebeyos. Recuperado en: https://youtu.be/b1je7edgzSs?si=LuZvL4-7Ux3ztUgC.
Ley N.° 27815 – Ley del Código de Ética de la Función Pública
Decreto Supremo N.° 033-2005-PCM – Reglamento de la Ley del Código de Ética de la Función Pública – gob.pe https://www.gob.pe/institucion/pcm/normas-legales/268595-033-2005-pcm



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