EL VOTO DE LA CERCANÍA: La política de los rostros que a derechas e izquierdas les sirve por igual
- Rufino Pariacaca
- hace 31 minutos
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Hilder Alberca Velasco[1]
/UNILA/IPPUR/UFRJ

Introducción
El propósito u objetivo general de este ensayo es describir el significado del voto de cercanía en sus propios términos, tratar de comprender su lógica interna y sus consecuencias para la democracia peruana, sin idealizar la política comunitaria y así entender teóricamente la ignorancia electoral existente. La democracia representativa moderna que se construyó sobre premisas donde la idea central es que los ciudadanos eligen a sus gobernantes mediante la evaluación racional de programas de gobierno, identificaciones ideológicas y lealtades partidarias estables.
En este sentido Hans Kelsen (1945) ya describía este modelo como el mecanismo técnico necesario para gobernar grandes poblaciones, donde la democracia directa resulta imposible y la legitimidad proviene del proceso electoral periódico y la competencia entre partidos, no de la cercanía personal entre gobernante y gobernado. Su visión es puramente procedimental, lo importante son las reglas del juego, no quién las juega ni cómo se mira a los ojos de quienes las sufren. Sin embargo, en los territorios peruanos alejados de los centros urbanos principales, esta lógica de votación operaría de manera diferente, más cercana a las formas tradicionales de autoridad que a los modelos institucionales importados desde las democracias occidentales consolidadas. En distritos y provincias como Huancabamba, en la región Piura, el voto tendría su particularidad, dado que funciona principalmente como expresión de preferencias programáticas, adhesión a siglas partidarias nacionales, pero más fuerte es su acto de reconocimiento mutuo entre el candidato y la comunidad, fundado en el arraigo territorial, el compartir de costumbres y una forma de carisma que solo puede construirse en la duración del tiempo vivido junto a los otros. Adoptamos escribir en algunas partes en primera persona para así enlazar algunas narrativas para favorecer el tema trabajado.
En Huancabamba por ejemplo, se ha visto pasar las últimas tres décadas a candidato de turno, ya sea con bandera roja o azul, amarilla, verde, blanca, y al final por no decir casi todos terminan haciendo exactamente lo mismo. (a) prometer desde el mismo balcón, (b) repartir desde la misma camioneta, (c) desaparecer después de las mismas fotos, (d) o esta vez somos la solución etcétera. El color del pañuelo no ha cambiado la lógica del rostro político tradicional, por más que hay esfuerzos en algunos candidatos en modificarlo. Este fenómeno, que podemos denominar voto de cercanía o voto personalista, ha sido observado en diversos contextos latinoamericanos y ha recibido atención creciente desde la ciencia política comparada, aunque frecuentemente se le aborda con prejuicios normativos que lo califican como anomalía, como expresión de atraso político o como forma incompleta de ciudadanía. La relevancia de este análisis trasciende el caso particular, en el Perú, donde la desigualdad territorial es profunda y donde el Estado central ha sido históricamente débil o directamente ausente en amplias zonas del territorio nacional, la lógica del voto personalista adquiere una importancia que los partidos políticos tradicionales y los analistas limeños suelen subestimar o pasar por alto. Es así, que cuando estos actores intentan imponer candidatos desde la capital, ignorando las dinámicas locales y confiando únicamente en el peso de una marca partidaria, tienen la tendencia a fracasar dado que no se estaría comprendiendo que en los territorios andinos provincianos o distritales la política se juega con reglas diferentes.
Lo que se percibe que aún están lejos la técnicas de persuasión electoral con propuestas abstractas, filosóficas, esa cultura política está lejos de ser concretada. Lo que sí existe, es la manera de hacer política en demostrar pertenencia, de construir confianza mediante la presencia cotidiana, de convertirse en un rostro familiar antes de convertirse en un candidato de élite. Eso le llamaríamos aquí, voto de vis a vis, o de contacto directo. Puede desde ya ser una actividad antropológica estenográfica política aunque suene descabellado.
La tesis central es que el voto de cercanía no constituye una anomalía ni una forma incompleta de democracia, sino una adaptación racional a condiciones concretas de escala, de información y de necesidad. Sin embargo, esta adaptación tiene costos y gastos significativos que deben ser examinados con honestidad intelectual.
Permite la perpetuación de familias políticas corruptas, dificulta la articulación de demandas colectivas de largo alcance y puede convertir la cercanía misma en un mecanismo de tolerancia hacia prácticas irregulares.
Al mismo tiempo, bajo ciertas condiciones, puede generar formas de responsabilidad directa y control social que la política nacional, más abstracta y mediática, ha perdido hace tiempo. La metodología es cualitativa, basada en el análisis documental y en la observación participante realizada en los hechos actuales y pasados en territorios como Huancabamba, donde he podido constatar las dinámicas que describo. El trabajo está dirigido a todo tipo de público. Hemos de destacar que el texto no pretende ser el de las respuestas exactas, o que ya todo lo manifiesta. La tarea del analista no es celebrar ni condenar, sino comprender estas contradicciones en toda su complejidad.
El voto personal como fenómeno persistente en el estilo casero de la política
La idea de que los ciudadanos votan exclusivamente por partidos, ideologías, colores o números no es relativamente reciente en la historia política, dado que ni aún en las democracias más institucionalizadas nunca se ha consolidado del todo este fenómeno. La pregunta es,¿ hasta qué punto esta idea ajusta a la realidad, y hasta qué punto votar por afinidad al líder también ha sido constante a lo largo del tiempo?.
El afectivismo y el carisma político no son invenciones recientes de las democracias latinoamericanas, o peruanas, dado que hay estudios que las señalan como formas antiguas de legitimación que persisten y se adaptan, que conviven con las instituciones modernas sin ser reemplazadas por ellas. La estudiosa en estos temas Pitkin (1982) ya distinguía entre la representación simbólica, basada en la identificación con entidades abstractas como el partido o la nación, y la representación sustantiva, que exige que el representante actúe de manera efectiva para satisfacer necesidades específicas de los representados.
De esta manera, en los territorios peruanos donde el alcance del Estado central es irregular y donde la resolución de problemas cotidianos depende frecuentemente de intermediarios locales, la representación sustantiva se convierte en la forma legítima de ejercer el poder político, lo que explica por qué el candidato que puede mostrar que ha gestionado una obra o que ha mediado en un conflicto acumula un capital político que ninguna afiliación partidaria puede reemplazar. Acaso hay costumbre política de por medio?
Tomando un estudio de caso de los Estados Unidos, cuando Richard Fenno (1978) publicó su estudio clásico sobre los congresistas estadounidenses en sus distritos, descubrió algo que contradecía las expectativas de la teoría política dominante de su época. Los representantes no eran elegidos principalmente por su filiación partidaria ni por su posición en temas nacionales, sino por lo que denominó “home style”, o estilo casero, un estilo de cercanía que incluía la disponibilidad para resolver problemas concretos, la visibilidad en los espacios comunes y la construcción de relaciones que trascendían el momento electoral. Así Fenno, observó que los votantes en distritos pequeños evaluaban a sus representantes con criterios más próximos a los de elegir un vecino de confianza que a los de seleccionar un portavoz ideológico. Esta lógica, descrita en el contexto estadounidense, adquiere dimensiones aún más intensas en sociedades como la peruana, donde los partidos nacionales tienen poca presencia territorial o donde su presencia se percibe como extraña, ajena a la vida cotidiana de la gente.
Para muchos pueblos de Latinoamérica, en especial el Perú, existe la creencia de que los candidatos carismáticos de cercanía solo se dan en nuestros territorios. Pero las citas aquí trabajadas demuestran lo contrario. Esto también ocurre en otros países y continentes, solo con sus respectivas características. Lo que cambia son las condiciones estructurales que hacen posible y racional este tipo de comportamiento electoral, no la naturaleza humana de los votantes.
En este sentido, la lógica se intensifica cuando consideramos que en los territorios pequeños el costo de información sobre los candidatos es significativamente menor comparado con el de las elecciones nacionales, y no sería así. Según Anthony Downs (1993) en su estudio del modelo racional de la democracia, decía que los votantes invertirían en informarse sobre las opciones en la medida en que el beneficio esperado de su voto justificara ese esfuerzo. En un distrito donde el candidato ha vivido toda su vida, donde sus familiares son conocidos, donde su trayectoria puede verificarse simplemente preguntando a los vecinos, la inversión en información es mínima y la certeza sobre quién es la persona es máxima. Y esto no significa que el voto sea irracional, que es todo lo contrario, sino que la racionalidad se desplaza circula entre lo subjetivo y lo exterior. Ya no se trata de calcular qué partido se acerca más a mis preferencias ideológicas, sino de evaluar quién está más capacitado para resolver los problemas que conozco directamente, quién entiende las reglas no escritas de nuestra convivencia, quién merece la confianza que solo se otorga después de años de observación mutua. Este tipo de casos serían los más comunes en distritos y provincias en Perú, tal caso Huancabamba en Piura.
Esta indiferencia hacia las etiquetas partidarias no es un defecto del electorado rural, sino una respuesta racional a una oferta política que en los hechos resulta indistinguible. Por ejemplo, cuando el candidato de izquierda y el de derecha comparten el mismo método de campaña la visita domiciliaria, el gesto de paternalismo o compadrazgo, la promesa de gestión personalizada, el votante aprende rápidamente que el color es ornamento, y no la sustancia del voto en sí, el color es complementario dado que se tiene que seguir y usar solo como distintivo electoral. En este punto tanto el elector de izquierda o de derecha, puede estar cayendo en el engaño que su voto es por el partido, ideología o color, pero si se detiene a analizar, es un movimiento ampliamente psicológico de persuasión ya colocado en su mente como un chip activo para operar según se lo requiera.
Como señala el sociólogo francés Bourdieu (1979), el capital político efectivo en estos espacios no es la adhesión ideológica sino el dominio de las reglas del juego local, algo que los profesionales de la política de cualquier signo pueden adquirir si están dispuestos a pagar el precio del tiempo y la presencia. Por eso el voto de cercanía no discrimina entre radicales y conservadores, dado que ambos, si logran y entienden la lógica territorial, pueden beneficiarse de ella; ambos, si la ignoran, son derrotados por quien la domine, venga de donde venga. Este punto es muy relevante, eso se ve en cada gestión municipal, no importa su condición ideológica, al final no gana el político bonito o de apariencia deforme, lo que se debe de entender es que ha ganado la lógica del voto afectivo o sistema de voto llamado casero, el del carisma, el mejor vecino.
Cultura electoral en el método casero de la política provinciana rural
Cuando Bourdieu (1979) desarrolló su teoría de las formas de capital, más allá del económico, incluyó algo que resulta esencial para entender la política en los territorios peruanos. El capital social no es solo tener contactos, sino poseer una familiaridad duradera con las reglas del juego de un campo específico. En los distritos y provincias, ese campo tiene sus propias reglas que no se aprenden en las universidades, o institutos famosos o de la capital ni en los cursos de liderazgo político. Se aprenden en las fiestas patronales, en las asambleas de regantes, en las filas del banco, en los velorios donde la comunidad se reúne a acompañar a los deudos. Se aprenden en la vida cotidiana misma; es el contacto entre el método casero de la política local y la naturaleza misma de la cultura local.
El candidato que posee este capital social no necesita probar que entiende el lugar porque su biografía, su rúbrica personal ya está ahí, ya es una prueba irrefutable. Ha nacido allí o ha vivido lo suficiente para que su nombre esté asociado a momentos compartidos, a crisis superadas colectivamente, a una forma de hablar, de vestirse, de moverse por el espacio público que no es simulada sino incorporada. En este puntose puede entender esa contradicción del sistema casero de la política, hablamos de sus puntos en vacío como los actos desviados que el candidato haya realizado o cometido en su momento. Y desde luego se enlazan vivencias y experiencias también positivas que están el mente del elector.
Es así que la incorporación de lo local en la persona del candidato hace que el voto adquiera una dimensión casi antropológica. Cuando la gente elige en estos territorios, no está solo eligiendo un gestor de recursos, está reconociendo a uno de los suyos. La distinción entre nosotros y ellos, tan antigua en la organización social humana, se activa con fuerza. Los partidos nacionales, con sus dirigentes que hablan desde Lima con acentos y vocabularios diferentes, con sus propuestas que parecen copiadas de manuales internacionales, entran en la categoría de ellos. El candidato local, por el contrario, puede movilizar un nosotros que incluye historias, resentimientos compartidos, formas de ver el mundo que se han ido sedimentando generación tras generación.
Yendo un poco más de lo nacional. Lipset y Rokkan (1978) en sus estudios, señalaban que las lealtades políticas en Europa se habían formado históricamente alrededor de divisiones sociales profundas, religiosas, étnicas, regionales, y que estas lealtades persistían con más fuerza que las identificaciones partidarias puras. Es sí que si retornamos a Latinoamérica como es el caso de Perú, donde las divisiones regionales y culturales tienen siglos de profundidad, esta lógica se manifiesta con especial intensidad. Es contundente y activa, la podemos encontrar como una fotografía nítida en cada ciclo electoral, solo hay que observar cómo los líderes proponen sus campañas políticas.
El arraigo territorial funciona además como una garantía implícita, una carta interna a tomar en cuenta para el logro de objetivos partidarios. De ahí que el sentido del afecto es crucial, buscarlo y conquistarlo es vital, no importa el medio para lograrlo, el candidato tiene que pescarlo como un gran pescador, su red es el sistema casero del voto. Se le podría llamar pequeña democracia casera desde la cocina del afecto y el carisma político.
Lo que se debe de resaltar, por experiencia de los hechos electorales, que las promesas hechas desde las emociones y la demagogia son fáciles de olvidar una vez obtenido el cargo municipal, sea distrital, departamental, o provincial. En síntesis el sistema del voto casero, no necesita a grandes economistas para explicarlo, o sabios de las disciplinas para inculcarlo, no hay necesidad de ir Europa, Asia, o ir a la Luna para aplicarlo a la realidad de los pueblos.
El político actúa como un papá, mamá, o familia es todo y en este rompecabezas ingresa a tallar el poder político, económico, y todo estatus que ha sabido sembrar para luego sacarle máximo provecho. Un ejemplo de ello, es todo tipo de político distrital o provincial o departamental, que han logrado sostenerse por décadas en el poder. Y sobre las luchas e intereses por querer otros grupos derrumbar este modo de operación, acá a eso se le llamaría conflictos internos del modelo casero. Dado que es de saber que cada sistema sea cual sea tiene sus propias implicancias.
El carisma de la cercanía
El alemán Max Weber (1984) en su tipología de los tipos de dominación legítima muy conocida en este tipo de análisis por politólogos y sociólogos, reservó un lugar especial para el tipo de dominación con el carisma. No se trataba de una cualidad mágica ni irracional, sino de una forma de autoridad que descansa en la consideración de que una persona posee dones extraordinarios, diferentes de los que cualquier otro podría reclamar. Nuestro amigo Weber, diferenciaba este tipo de dominación de la dominación legal-racional, propia de la burocracia moderna, y de la dominación tradicional, basado en la costumbre inmemorial. El carisma era algo que emergía en momentos de crisis, que se personalizaba en figuras concretas, y que requería prueba constante de su efectividad.
En los distritos y provincias peruanos, sin embargo, el carisma político sea en izquierdas o derechas, hace su aparición en muchas formas, tenemos a el líder mesiánico que promete transformarlo todo y para todo tiene soluciones ciertas. En otras presentaciones aparece de manera más modesta, más cotidiana, pero no por ello menos poderosa. Su potencia de vigencia es la interpretación del ego contra el ego de un individuo sobre otros. El carisma se convierte en una cadena política llena de tendencias y especulaciones, dado que mismo los electores saben que si su candidato logra ganar no va a cumplir todo lo que propone.
Es así, que el carisma casero en la política provinciana rural es de quien está siempre disponible, de quien recuerda los nombres de todos, de quien tiene la habilidad de hacer sentir a cada persona que su problema es importante aunque sea uno entre cientos. Este sistema es un clímax directamente al elector y a sus fragilidades como ser humano, no sería fácil escapar de ese círculo vicioso, que aunque suene muy arcaico en su forma ha demostrado y viene demostrando tiene poder de sembrarse y seguirse produciendo en las gentes y sus decisiones. Este carisma de la cercanía no se construye de la noche a la mañana, ha requerido o requiere tiempo, presencia, acumulación de gestos que demuestren que la preocupación por el otro no es simulada.
En tal sentido, este tipo de métodos para hacer política y llegar al poder, construyen su base de apoyo mediante la resolución de problemas concretos, la distribución de favores personales, la mediación en conflictos cotidianos y todo lo relacionado al servir y condicionar. El método consiste en yo doy pero tú me tienes que devolver, se le podría decir que suena a una reciprocidad interesada. Este estudio plantea unas preguntas a los electores o jefes de campañas, y seguidores ¿ qué les hace votar por su mejor vecino o compadre de su pueblo en la política?; ¿ su voto es casual o ya tiene afinidades personales con el proyecto político que se le presenta?; ¿ creé usted que es parte del juego del método casero de la política provinciana sea de izquierdas o derechas?
La pirámide del afecto político en la política casera local
El clientelismo, que a menudo se describe con tono crítico desde fuera, tiene una experiencia diferente para quienes votan de esta manera. Para el elector no se trata solo de un intercambio mercantil de votos por beneficios, que sí existe. Es más bien una relación de reciprocidad interesada que confirma no solo su pertenencia a una comunidad o territorio, sino su lugar dentro de alguna escala del grupo del líder político en cuestión. La pertenencia a esta escala, aunque sea en los peldaños más bajos, garantiza algo que la política impersonal no ofrece: visibilidad, la posibilidad de ser visto, de que tu problema sea escuchado, de no quedar completamente afuera cuando se distribuyen los recursos.
En la política casera local, no todos van a entrar al reino del poder político casero, y el elector hasta lo puede saber. Sin embargo, la estructura jerárquica ofrece grados de cercanía que mantienen la esperanza y la lealtad. Brevemente, los niveles se describen así según nuestro análisis:
Primer nivel. Núcleo duro del poder. Líder y familia directa. Aquí se ramifican amigos cercanos, muy cercanos, hasta asesores con o sin título profesional. Son quienes toman las decisiones, manejan los recursos principales y garantizan la reproducción del liderazgo.
Segundo nivel. Círculo de confianza personal. Quienes ayudaron a sentar bases, inversionistas de la campaña y los propagandistas íntimos. No son familia, pero han demostrado lealtad probada. Acceden a beneficios importantes, aunque dependientes del primer nivel.
Tercer nivel. Compadres del camino. Conocidos de cada campaña o quienes se afianzan en una nueva campaña. Han estado presentes, han colaborado, pero su entrada al círculo es más reciente o más instrumental. Reciben beneficios menores o mayores dependiendo el caso, pero tangibles, un trámite agilizado, una palabra de recomendación, unos meses de trabajo de vez en cuando etcétera.
Cuarto nivel. Seguidores espontáneos. Se los encuentra ya en campaña. Se suman por afinidad, por cercanía territorial, u por el arrastre del momento. No tienen garantizado nada específico, pero mantienen la esperanza de ascender en la escala o de recibir al menos algún favor puntual si se conectan con las escalas primeras o de más poder.
Quinto nivel. Voto atraído por el método casero. Todo aquel que ha sido atraído por las estructuras o por algún integrante de esta jerarquía. Vota por presión, o ya por candidatos llamados mal menor, por recomendación, por no quedar afuera, por miedo a la exclusión. Sabe que probablemente no recibirá nada, pero prefiere estar del lado de quienes podrían dar algo a estar del lado de quienes con certeza no darán nada. Es el voto que se escucha me cambie a tiempo, quiero estar con los ganadores así no reciba nada importante en particular. En este punto no se encuentran los electores que anulan su voto.
Y visto esto ¿por qué se quedan los electores del resto de niveles?
La gente en los niveles tres, cuatro y cinco permanece en esta estructura porque la política impersonal la de las siglas, los programas, los partidos nacionales les ofrece aún menos. Resaltar que en el voto de cercanía, aunque no subas, al menos existes y este tipo de elector tiene cierta esperanza de tener algún lucro en algún momento. En el voto institucional, si no eres relevante para la estadística del líder o no sumas a los interés del poder, simplemente no existes. La pirámide del afecto, por injusta que sea, garantiza una forma de reconocimiento que la democracia representativa pura no siempre alcanza a dar.
Por ello, es importante citar a estudios como los antropológicos, Marshall Sahlins (1963), describió cómo el líder tradicional o big man en ingles no ostentaba su poder mediante la coerción sino mediante la generosidad, mediante la capacidad de movilizar recursos y redistribuirlos de manera que creara obligaciones y lealtades. Esta lógica, aunque provenga de un contexto muy diferente, ilumina algo importante sobre la política local en el Perú y sore todo en los terrenos provincianos. El candidato exitoso en un distrito pequeño es aquel que puede mostrar que ha dado antes de pedir, que ha invertido en la comunidad sin garantía de retorno aunque sea fachada, que posee la capacidad de convocar y de responder cuando se le necesita. No le tiembla la mano para ganar popularidad se escucha decir en palabras del ciudadano. Estas prácticas forman parte de una manera particular de entender y ejercer la política en estos espacios. No se trata únicamente de una compra de votos en el sentido estricto, es domesticarlos en sí y solo sí a su favor . Lo que circula en esta relación no son bienes fungibles, sino reconocimiento mutuo, pertenencia y una forma de orden social donde cada persona ocupa un lugar definido por sus vínculos con los demás. Cuando la gente vota por este tipo de líder, no está solo calculando su beneficio individual, está, al mismo tiempo, reafirmando un tejido social que da sentido y continuidad a su vida colectiva. Es el significado puro de la misma en este círculo de la política denominada casera y localista.
Huancabamba como laboratorio del método de cocina electoral
En las últimas tres décadas he visto pasar de todo en esta provincia, en sus distritos y comunidades campesinas. Gobiernos que llegaban prometiendo salvar el medio ambiente y otros que decían defender al comerciante, al agricultor o al profesional. Hubo autoridades con primaria trunca y otras con título universitario, de distintos colores políticos o sin color alguno. Sin embargo, muchas gestiones terminaron repitiendo prácticas parecidas, apoyadas en el liderazgo carismático, el clientelismo y el compadrazgo. Aunque las formas cambiaban, el fondo parecía mantenerse.
Tampoco sería justo afirmar que todos siguieron ese camino, porque siempre existen excepciones. En ese escenario algunos electores recuerdan a un exalcalde, Valentín Quevedo Peralta, como una figura que supo desenvolverse dentro de esas dinámicas políticas de su tiempo. Su caso suele mencionarse cuando se habla del liderazgo carismático y de las estrategias locales para construir apoyo. Mirar estas experiencias permite reflexionar con más calma sobre cómo se han configurado las prácticas políticas en la provincia.
En este sentido, al parecer el electorado ya ha terminado entendiendo que el problema no se limitaría solo a las personas que llegan al cargo, sino a la forma en que funciona la política local. El sistema parece capta y someter a cualquiera que entre en él, sería la jaula del poder disciplinar en la política en estos territorios. El método de la cercanía o de cocina se repite elección tras elección. El líder camina, baja al distritos, recorre comunidades y hasta deja de lado el saco, se pone el sombrero de la zona, aprende a saludar como se saluda aquí y a hablar como habla la gente del lugar. Prometiendo en cada mitin previa disponibilidad, y lo que el elector quiere escuchar soluciones inmediatas a sus necesidades.
Lo curioso es que esta lógica no desapareció con el paso del tiempo ni con la llegada de la tecnología. Hoy hay celulares, redes sociales, transmisiones en vivo y campañas digitales, pero la estructura básica sigue siendo la misma. La política se mueve en el terreno de la cercanía personal, de los favores pequeños que se vuelven grandes cuando el Estado formal está lejos. La internet no cambió el fondo de las relaciones políticas; más bien aceleró la manera en que se difunden promesas, gestos y lealtades.
En ese escenario también se repite otro fenómeno que resulta difícil de no mirar o tener en cuanta. Cada periodo de gobierno parece producir nuevas diferencias económicas entre quienes llegan al poder y quienes permanecen fuera de él. Personas que antes tenían una vida modesta terminan los cuatro años con propiedades, negocios o vehículos que antes parecían inalcanzables. O a lo criollo, ya no más son vistos en la clase pobre. Mientras tanto, muchos de los electores que depositaron su confianza en ellos continúan viviendo con las mismas dificultades de siempre. La desigualdad se hace visible, pero aun así el ciclo político continúa. Es el resultado de la quienes están o no dentro de la jerarquías del poder, como se describió en uno de los capítulos no todo votante, poblador, seguidor gozara de la miel política y su poder una vez gane tal o cual líder político.
Es de preguntarse, ¿por qué ocurre esto y por qué, pese a todo lo sabido y conocido, la gente vuelve a votar por los mismos grupos o por personas cercanas a ellos?. Dados los hechos ya registrados en este sistema democrático de cercanía, es de llegar a una respuesta, todo se da por la urgencia de la vida cotidiana y sus necesidades estructurales que son más profundas que cualquier intención de voto. La pobreza educativa y su analfabetismo; recesión económica y más. En lugares donde los servicios públicos funcionan de manera limitada, donde conseguir una atención médica o resolver un trámite puede depender de un contacto personal, el político que ayuda en el momento preciso adquiere un valor inmediato. La honestidad, que es un principio primordial compite con necesidades concretas que no pueden esperar. La ética democrática y humana se esconde en la cabina de cualquier otra cosa pero no se enraíza más en el hábito de servir.
No se puede pasar por alto, que existe una estructura informal que organiza estas relaciones de poder incluyentes y excluyentes. En la parte superior se ubica el líder con su círculo familiar y político más cercano. Luego aparecen los colaboradores de confianza, quienes participaron en la campaña o ayudaron a movilizar apoyo. Más abajo están los simpatizantes ocasionales, los vecinos que se suman durante la elección y luego vuelven a su vida cotidiana. Finalmente está la mayoría silenciosa, la que observa, comenta y decide su voto entre la esperanza y la costumbre.
En este sentido, nada de esto es completamente fijo, dado que las posiciones cambian con el tiempo, según comportamientos e intereses. Quien hoy ocupa un cargo mañana puede desaparecer de la escena política, y quien parecía estar lejos del poder, puede convertirse en autoridad en la siguiente elección. Es así, que en la democracia de la cercanía existe una especie de movilidad dentro del sistema, aunque esa movilidad no siempre transforma las reglas del juego, cambian los nombres y los rostros, pero muchas veces las prácticas se mantienen.
A pesar de todo, también se encuentran historias que la gente recuerda con aprecio; a sus autoridades con limitaciones educativas pero con una fuerte presencia en la vida diaria del pueblo, alcaldes que caminaban las calles, asistían a reuniones comunales y resolvían problemas pequeños que para la comunidad eran importantes. En esos casos la memoria colectiva suele valorar la cercanía más que cualquier otra cosa. Tal vez por eso la política local sigue moviéndose entre expectativas, decepciones y recuerdos que cada generación vuelve a reinterpretar.
Conclusiones
Las observaciones reunidas a lo largo de este trabajo permiten afirmar que la política en distritos y provincias no pueden responder a una lógica imaginaria desde los centros de poder nacionales. En espacios donde la comunidad es pequeña y la memoria colectiva conserva con claridad los nombres, las historias familiares y los recorridos personales, el vínculo entre representante y electorado adquiere una dimensión profundamente relacional. Eso está basada en la reciprocidad con interés, líder elector, elector líder.
El voto no se construye únicamente sobre programas, ideologías o propuestas de largo plazo, sino sobre una trama de reconocimiento mutuo que se ha tejido durante años de convivencia social. La cercanía territorial convierte la política en una experiencia cotidiana, donde el candidato no es una figura abstracta sino alguien cuya vida es conocida y evaluada por quienes comparten el mismo espacio social.
Comprender esta dinámica democrática no implica justificarla ni condenarla automáticamente. Más bien exige asumir que el comportamiento electoral en territorios del interior del país como los nuestros responde a condiciones estructurales específicas. En contextos donde el Estado formal aparece de manera intermitente, donde los servicios públicos son limitados y donde las instituciones nacionales no logran articular una presencia constante, los ciudadanos desarrollan mecanismos propios para resolver sus necesidades inmediatas. En ese escenario el liderazgo personal, la confianza construida en la vida diaria y la disponibilidad del representante adquieren un valor político concreto.
La población no estaría votando o elige su autoridad necesariamente guiada por ignorancia o manipulación, como a veces se sugiere desde miradas externas, sino por una racionalidad práctica que busca asegurar soluciones en el corto plazo. Es la política de la cercanía o de cocina.
Sin embargo, esta forma de política también revela tensiones importantes, siendo que la misma cercanía que facilita la confianza puede debilitar los mecanismos de control ciudadano. Cuando las relaciones políticas se apoyan en lazos personales, familiares o comunitarios, la crítica abierta puede volverse incómoda o incluso costosa en términos sociales. El elector conoce al candidato, pero también convive con él, comparte redes de amistad, parentesco o reciprocidad. Esta proximidad produce una paradoja dañina, el entorno donde debería existir mayor vigilancia pública puede transformarse en un espacio donde la tolerancia hacia las irregularidades se vuelve más probable; los favores empiezan a salir y tener precios, y costos.
Otro elemento que emerge con claridad es la convivencia entre el discurso comunitario y los intereses individuales. Las campañas electorales movilizan recursos económicos, expectativas de beneficio y compromisos implícitos que se establecen entre líderes y seguidores. No hay límite de dinero en este tipo de campañas políticas, el dinero es parte del campo administrativo de cada cuadro político. Candidato que no cuenta con los recursos suficientes como los económicos, y si no ha trabajo con tiempo las características del método carismático o de cercanía es más que posible que no tenga buenos resultados. En este tipo de sistema, se ha logrado ver que el título universitario si no está acompañado de la maniobra carismática, puede no concretarse. Que no debe de ser así, no debería.
A pesar de estas limitaciones, el análisis sociológico también permite identificar aspectos positivos dentro de esta forma de organización política. La proximidad entre autoridades y ciudadanos puede generar un sentido de responsabilidad directa difícil de encontrar en sistemas más impersonales. En comunidades donde el representante comparte la vida cotidiana con sus electores, las decisiones políticas no están completamente separadas de las consecuencias sociales que producen. La autoridad continúa viviendo en el mismo espacio que quienes la eligieron, lo que en determinadas circunstancias puede favorecer prácticas de rendición de cuentas más inmediatas que las que existen en estructuras burocráticas distantes.
En última instancia, el voto de cercanía revela tanto las fortalezas como las fragilidades de la democracia en espacios locales. Por un lado muestra la capacidad de las comunidades para generar formas propias de representación basadas en la confianza y el reconocimiento mutuo. Por otro lado evidencia los límites de un sistema donde la institucionalidad estatal no logra consolidarse de manera uniforme. La política termina organizándose alrededor de personas antes que de reglas estables, lo que facilita tanto la construcción de liderazgo como la reproducción de prácticas clientelares.
Entender esta lógica constituye un paso necesario para cualquier intento de reforma política que aspire a ser efectivo. Transformar la relación entre ciudadanos y autoridades no dependerá únicamente de diseñar nuevas normas desde el nivel central, sino de reconocer las racionalidades sociales que orientan el comportamiento electoral en cada territorio. Solo a partir de esa comprensión será posible construir instituciones capaces de combinar la cercanía que caracteriza a la política local con mecanismos más sólidos de transparencia, responsabilidad pública y planificación colectiva.
En síntesis, el análisis de la política en distritos y provincias muestra que el voto personalista no es simplemente una desviación de la democracia ideal, sino una respuesta concreta a condiciones históricas y territoriales específicas. La tarea pendiente consiste en encontrar formas de fortalecer las virtudes de esa proximidad sin reproducir sus efectos más problemáticos. La construcción de una democracia más equilibrada en el Perú requerirá precisamente ese esfuerzo. Reconocer la importancia del rostro conocido, del arraigo comunitario y del vínculo cotidiano entre representantes y ciudadanos, pero al mismo tiempo desarrollar instituciones capaces de garantizar justicia, igualdad y rendición de cuentas para todos.
Será que la educación política o la llamada conciencia del territorios usado y vivido de cada lugar sea una posible solución a todo este círculo político y democrático en decadencia, denominado método de cercanía o carismático?
Referencias
Bourdieu, P. (1979). La distinción: Criterio y bases sociales del gusto. Madrid: Taurus.
Downs, A. (1993). Una teoría económica de la democracia. Madrid: Alianza Editorial.
Fenno, R. F. (1978). Home style: House members in their districts. Boston: Little, Brown and Company.
Lipset, S. M., & Rokkan, S. (Eds.). (1978). Sistemas de partidos y alineamientos electorales. Madrid: Ministerio de Trabajo.
Pitkin, H. F. (1982). El concepto de representación. Madrid: Alianza Editorial.
Kelsen, H. (1945). La democracia. Buenos Aires: Editorial Losada.
Sahlins, M. D. (1963). Poor man, rich man, big-man, chief: Political types in Melanesia and Polynesia. Comparative Studies in Society and History, 5(3), 285-303.
Weber, M. (1984). Economía y sociedad: Esbozo de sociología comprensiva. México: Fondo de Cultura Económica.
[1] Natural de Huancabamba, Piura, Perú, es sociólogo y politólogo por UNILA/ Brasil. Maestría en Planificación Urbana y Regional por el Instituto de Planeamiento Urbano y Regional IPPUR/ Universidad de Río de Janeiro-UFRJ- Brasil. Su trabajo académico se orienta al estudio de la política territorial, la sociología política y las dinámicas del poder local en contextos provinciales y rurales del Perú.




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