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Efecto Dunning-Kruger : el derecho a opinar y el deber de aprender


 

“El derecho a opinar es una de las bases de cualquier sociedad libre. Pero ese derecho adquiere verdadero valor cuando se acompaña de un deber igualmente importante. El deber de aprender antes de hablar y el deber de respetar a quienes tienen algo que enseñarnos”.


Por Hilder Alberca Velasco/Sociólogo y Politólogo

 



En los últimos años se ha vuelto cada vez más común escuchar opiniones contundentes sobre casi cualquier tema. Política, economía, democracia, gestión pública, historia o educación parecen ser asuntos sobre los que todos tienen algo que decir. La facilidad para opinar se ha vuelto parte de la vida cotidiana; somos una bala  con la lengua diría la voz de la calle cotidiana.  Sin embargo, esa facilidad no siempre viene acompañada de conocimiento; sino de subjetivismos con discursos superfluos livianos de argumentos y llenos de censo común angustioso en su mayor parte.


Este fenómeno estimado lectores no es solo una impresión personal ni una simple queja generacional, se ha vuelto una moda  tendencia. “Para eso tenemos boca se escucha entre la gente”.  Por ello, nuestra reflexión va iniciar tocando a la psicología dado que lo ha estudiado y lo conoce como el Efecto Dunning-Kruger. Los investigadores y psicólogos  David Dunning y Justin Kruger observaron algo que puede parecer paradójico y que si paramos a notar en nuestros medios de vida conoceremos casos de personas que menos saben sobre un tema, pero suelen ser precisamente quienes más seguros se sienten al hablar de él. Un punto a tener en cuenta, o quizás nos ha pasado a todos,as, en el camino de la madurez social educativa y cultural. Pero repetirlo ya es dañino emocionalmente hablando según los especialistas porque nos hace ver ante los ojos de nuestros semejantes ignorantes.


Es así que el problema se une a la ignorancia en sí misma, y se suma el desmande de la inseguridad personal queriendo tapar un vacío psicológico oculto. Nadie puede saberlo todo, creo por lo contrario hay que aprender a decir no se enséñame, y se algo lo enseño sin arrogancia. Max Weber sobre política y la vocación un día dio a entender que lo que sé y conozco sobre el tema, eso no me faculta a entrar en temas que no conozco o mejor dicho, zapatero a su zapato. Entonces estimados amigos, as, el verdadero problema aparecería cuando la falta de conocimiento se combina con una seguridad excesiva, creyendo dominar un asunto sea simple o complejo, que solo por haber escuchado algunos argumentos o leído un par de textos nuestra opinión se vuelve única, pero que al final esta misma voz ante la multitud social es más ruido que reflexión.


Es así que, esta situación se observa con frecuencia sobre todo en el debate político tomando como ejemplo para este espacio corto de reflexión.  Las discusiones públicas muchas veces se llenan de afirmaciones categóricas y juicios rápidos, llamado censo común, y se puede describir que esto carece de profundidad argumentista. Se habla con gran autoridad sobre decisiones complejas que requieren años de estudio y experiencia; en este punto entra la divergencia entre quienes desean quebrar un paradigma, otros modificarlo y unos sostenerlo. Por lo que al final de todo,  el tono comunicativo de los autores suelen ser más fuertes cuanto menor es el conocimiento real sobre el tema que se discutí. Por aquí ya vamos a encajar la llamada humildad académica o el respeto a la vivencia y experiencia.


Curiosamente, esta advertencia no es nueva, dado que décadas antes de que la psicología moderna estudiara este fenómeno  u efecto Dunning-Kruger el dirigente chino Mao Zedong expresó una idea muy efectiva nítida: sostenía que quien no ha investigado un problema no debería hablar sobre él. Su planteamiento era simple y directo, que antes de opinar es necesario comprender de lo que se esta hablando. Ahora el concepto comprender es un muy potente porque habla ya de raciocinio procesado, investigado, ya existe una teoría de por medio y esto lleva al que esta en el podio entender que hablar del tema no es lo mismo que conocer del tema como se piensa. Aquí cae para todo tipo se intelectual estudio, o persona sea leída o no, dado que hasta sembrar una planta sin ser ingeniero agrónomo el agricultor también tiene teoría empirismo a conocer que fácil cualquiera resbalaría en su entender.


Las frase puede parecer dura, pero encierra una enseñanza importante, que pinar no es solo un derecho, más también implica tener la responsabilidad  para la investigación,  lectura y el análisis previo, dado que si no fuera así esto se hace un obstáculo para un buen debate  educado y constructivo. Al final de todo son esos nexos los que  precisamente le da valor a un buen tema en cuestión. Pero aquí no termina todo,  además existe  otro problema que acompaña a esta situación, de  la arrogancia de quien habla sin saber, pero acompaña muy de cerca y de mano la soberbia de quienes creen que saber algo les da derecho a despreciar a otros. En ambos casos el resultado es el mismo. El diálogo se convierte en confrontación y el aprendizaje desaparece; se va de paseo mientras el ego habla y habla, o mejor dicho así, es como poner en acción a tres perros, dos discuten y el tercero se come la comida y espera a que los otros concluyan para el empezar ladrar y caminar.


En este punto de nuestra reflexión acotamos que antes que Mao y mucho antes que los psicólogos modernos, el filósofo chino Confucius reflexionó sobre la importancia del respeto en la vida social. Él decía; “una sociedad equilibrada debía basarse en la prudencia al hablar y en el reconocimiento de la experiencia de los demás”.

Confucio creía que el conocimiento verdadero debía ir acompañado de humildad antes que nada. Y que, aprender no significaba volverse arrogante, sino comprender mejor los límites propios. La sabiduría, según su experiencia y vivencia, no consiste en hablar más fuerte que los otros, sino en saber cuándo escuchar.

En estos días donde la cantidad de información es engañosa y sin censura, este ejemplo de Confucio resulta especialmente altamente relevante. Como se podrán observar pero en los  muchos espacios del debate público se ha perdido la paciencia para escuchar y la disposición para aprender. Gana quien tiene la lengua más ligera, para apagar al contendor o contendores.  Se puede verificar que la rapidez de las opiniones comunicativas han reemplazado la profundidad de la reflexión coherente o por lo menos argumentada a medias, que ya vale; “ a nada algo es algo”. Lo que queda apuntar es que la  convicción inmediata, parece haber sustituido al esfuerzo de comprender con razón. Lo que se tiene que tener en cuenta que muchas veces se confunde tener razón porque las cosas parecen tener sentido, pero eso es un argumento encajado a un tema amplio todavía.


En este sentido, el problema se vuelve más evidente cuando personas muy jóvenes o con poca experiencia desprecian la trayectoria de quienes han vivido y trabajado durante décadas. Sucede a menudo en la vida universitaria, entre padres que no estudiaron y sus hijos, e hijas. O población no letrada con población en camino del letra miento.  No se trata de defender privilegios ni de afirmar que la edad siempre tenga la razón. Se trata de reconocer que la experiencia y la vivencia que son cosas distintas también son  una forma de conocimiento a tener en cuidado y respeto. Este punto sucede a cada momento, lo que no se sabe cuándo se actúa así es que justamente el padre o la madre dio estudio, es para que no caigan en estos vicios de sabelotodo. El punto es que suena horrible, porque al final quien culmina perdiendo el diálogo no es el que no sabe o el que menos sabe, sino el que asegura que sabe y  no sabe aún lo que otro ya sabe lo que él cree que ya sabe. Frase filosófica para pensarla con paciencia.


En este punto, una persona puede no tener estudios universitarios y aun así haber adquirido una comprensión profunda de la vida a través del trabajo, el esfuerzo y los años. Ese conocimiento práctico no siempre aparece en los libros, pero existe y merece respeto. Ignorarlo solo empobrece la conversación o la empatía ética del diálogo, nos empobrece como humanidad. Al mismo tiempo, haber estudiado o haber leído más que otros, otras, tampoco convierte a nadie en dueño absoluto de la verdad. Eso no existe señores y señoras. Por ello, que  la educación debería ampliar la capacidad de comprender, no alimentar la tentación de humillar a otros. Cuando el conocimiento se transforma en soberbia, deja de ser sabiduría. Si estamos en este punto, es hora de pisar tierra, o mejor así; un pie en la tierra y otro en la razón. O una mano en el cuaderno y otra en la realidad.


Por eso, en este tipo de problemas psicosociológicos en lo  actual no todo se  puede reducirse a una sola forma de arrogancia como la educativa y la social estatus quo,  también está la arrogancia del conocimiento mal entendido e interpretado. Ambas distorsionan el diálogo público y dificultan la búsqueda de soluciones reales. Quizás este texto también este mal construido por ello lo dejamos a ser juzgado y falseado.

De tal manera, el efecto descrito por los psicólogos Dunning y Kruger nos  ayuda a explicar por qué muchas personas hablan con tanta seguridad sobre asuntos que apenas conocen o están palpando.  La advertencia de Mao Zedong recuerda que investigar antes de opinar es una obligación urgente e intelectual. Ese intelectual tiene que saber  conocer el significado de que tipo de intelectual es.  En esa misma línea, la enseñanza de Confucio señala que incluso cuando sabemos algo debemos conservar la humildad. Esto es muy potente aplicar hoy en día, otro ejemplo a vista de todos el versus poblacional de las Universidades privadas y Universidades del Estado o nacionales.


 Un dilema de no acabar ( como yo soy de la nacional; Tú eres de la Universidad entra fácil UEF; u,  estudio con y por mí  plata; etcétera, …), lo que al final queda es una nada de la nada compleja y sin resolver. Quién tenga la razón es aquel que entienda que la vida es compleja y diversa. Al final de todo el mejor ejemplo para acabar juicios de valor, es la muerte y el cementerio.


Al final de este ensayo de opinión, se afianza en las tres ideas centrales, ser sacerdote sin serlo; hablar sin saber comer cancha en tiesto; y humildad del conocimiento.  Aunque provienen de contextos distintos, al final apuntan en la misma dirección. El conocimiento exige esfuerzo, disciplina, respeto y humildad tanto teórica como práctica.  Unos conocen más la práctica sin pisar universidad, y otros conocen mucho pero en la realidad los textos se quedan colgados en los árboles y los silencios de las piedras. No basta con tener una opinión,  es necesario preguntarse de dónde proviene esa opinión y cuánto hemos hecho para comprender el tema.


Finalmente, tal vez el debate público, social cultural económico, y otros mejorarían si recordáramos algo simple. El derecho a opinar es una de las bases de cualquier sociedad libre. Pero ese derecho adquiere verdadero valor cuando se acompaña de un deber igualmente importante. El deber de aprender antes de hablar y el deber de respetar a quienes tienen algo que enseñarnos.

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