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BIOPOLÍTICA Y CONTROL SOCIAL : LA MÁQUINA DE HACER VIVIR Y DEJAR MORIR


 

Hilder Alberca Velasco/UFRJ/IPPUR

Resumen

Este artículo examina el concepto de biopolítica y control social a partir de las contribuciones de Michel Foucault en Vigilar y castigar y de Giorgio Agamben en El poder soberano y la vida desnuda: Homo sacer I. Analiza continuidades y tensiones entre disciplina, soberanía y vida desnuda, destacando el tránsito del suplicio al dispositivo disciplinario y de la disciplina de los cuerpos a la gestión biopolítica de las poblaciones. Asimismo, aborda proyecciones contemporáneas, especialmente la biopolítica digital y el control algorítmico, que producen formas de vida precarizadas. La investigación adopta un enfoque cualitativo basado en revisión crítica de literatura filosófica y política.

Palabras clave: biopolítica; control social; vida desnuda.

 

Abstract

This article examines the concept of biopolitics and social control through the contributions of Michel Foucault in Discipline and Punish and Giorgio Agamben in Homo Sacer: Sovereign Power and Bare Life. It analyzes continuities and tensions between discipline, sovereignty and bare life, highlighting the transition from public torture to the disciplinary dispositif and from the discipline of bodies to the biopolitical management of populations. It also addresses contemporary projections, particularly digital biopolitics and algorithmic control, which produce precarious forms of life. The research adopts a qualitative approach based on critical review of philosophical and political literature.

Keywords: biopolitics; social control; bare life.

 

¡Se tiene que estar donde se tiene que estar!
¡Se tiene que estar donde se tiene que estar!

Introducción

Este artículo examina el concepto de biopolítica y control social a partir de las contribuciones de Foucault, Agamben y Bauman, incorporando también el aporte de Carl Schmitt como clave para comprender la lógica de la excepción que atraviesa el poder moderno. El objetivo es identificar continuidades, tensiones y desplazamientos en un escenario donde la vida biológica, social y económica se ha convertido en el núcleo estratégico de la política moderna.


La modernidad política no puede comprenderse únicamente como el proceso histórico que consolidó el Estado liberal, expandió derechos individuales y estableció marcos jurídicos de ciudadanía. Junto a estas transformaciones visibles, se desarrolló otra dinámica menos perceptible pero igualmente decisiva, la sofisticación de las técnicas d

e control sobre los cuerpos y la vida. La promesa de libertad coexistió desde sus orígenes con dispositivos de vigilancia, normalización y administración que reorganizaron profundamente la relación entre poder y existencia. Para Foucault(2002) en el siglo XVIII, el poder dejó de concentrarse exclusivamente en el derecho soberano de "hacer morir" para desplegar una racionalidad orientada a "hacer vivir". Este desplazamiento marca la transición del castigo espectacular al disciplinamiento capilar. El suplicio público, que dramatizaba la autoridad del soberano mediante la exhibición del dolor, fue gradualmente sustituido por mecanismos discretos de control. La prisión, la escuela, el hospital y el cuartel se convirtieron en espacios de una anatomía política que ya no buscaba destruir el cuerpo, sino producirlo como cuerpo útil y dócil. La biopolítica, concepto de Foucault, se centra en la gestión de poblaciones enteras. La natalidad, la mortalidad, la salud pública y la longevidad se convierten en objetos de cálculo político. Las estadísticas y los censos no son meros instrumentos técnicos, sino expresiones de una racionalidad que toma como objeto la vida en su dimensión colectiva (Foucault, 2002).


Agamben (1998) radicaliza este análisis al señalar que la biopolítica no reemplaza la soberanía, sino que revela su núcleo oculto, la producción de "vida desnuda". Esta vida, reducida a su mera existencia biológica, queda expuesta a la decisión soberana. Schmitt (2009) ya había anticipado esta lógica al definir la soberanía como la capacidad de decidir sobre el estado de excepción, es decir, sobre el momento en que el orden jurídico se suspende sin dejar de operar. Para Agamben, esta suspensión no es anómala sino constitutiva, la ley se mantiene vigente precisamente mediante su propia suspensión.


El tránsito del poder soberano al disciplinario y posteriormente al biopolítico marca una mutación decisiva. Ya no se trata solo de castigar cuerpos rebeldes, sino de producir sujetos normalizados. El control opera por internalización, vigilancia constante y gestión diferencial de la vida. Quien no se ajusta queda situado en los márgenes, expuesto a mecanismos de exclusión que oscilan entre la invisibilización y la excepcionalidad jurídica (Foucault, 2002; Agamben, 1998; Schmitt, 2009).


En el contexto contemporáneo, estas dinámicas adquieren nuevas configuraciones. Las tecnologías digitales y los sistemas algorítmicos amplían las capacidades de monitoreo y clasificación social. El panoptismo deja de depender de una arquitectura cerrada para convertirse en red distribuida de vigilancia permanente. Bauman (2000) sostiene que las estructuras "sólidas" de la modernidad clásica han sido reemplazadas por formas flexibles, móviles e inciertas. Esta liquidez no implica ausencia de control, sino su reconfiguración. El poder se desplaza desde dispositivos disciplinarios cerrados hacia mecanismos difusos vinculados al mercado, la competencia permanente y la precarización.


En Vidas desperdiciadas, Bauman (2004) introduce la noción de "residuos humanos". La globalización produce no solo movilidad y oportunidades, sino exclusión sistemática. Sectores enteros quedan fuera de los circuitos productivos y son percibidos como excedentes. Esta lógica de descarte dialoga directamente con la "vida desnuda" agambeniana y con la normalización foucaultiana, mostrando cómo la gestión contemporánea de la vida produce simultáneamente inclusión funcional y exclusión estructural.


La biopolítica contemporánea adopta así una dimensión global y flexible. La vigilancia algorítmica y la evaluación permanente de desempeños configuran un entorno donde la regulación se internaliza y la marginalidad se naturaliza. La gestión de la vida ya no depende exclusivamente de la coerción visible, sino de la producción constante de incertidumbre, competencia y exclusión selectiva.

Comprender estas mutaciones permite iluminar las tensiones entre cuidado y abandono, protección y exclusión, optimización y descarte.


 

I.                   Foucault: del suplicio al dispositivo disciplinario

En Vigilar y castigar, Foucault (2002) describe la transición desde el castigo público espectacular hacia un sistema de disciplinamiento capilar. El suplicio del Antiguo Régimen buscaba reafirmar el poder soberano mediante la exhibición del dolor. La ejecución pública era una pedagogía del terror. En la historia europea occidental, el maltrato y la aniquilación del cuerpo formaban parte de una escenificación destinada a demostrar la fuerza del soberano. El castigo no solo sancionaba una falta, dramatizaba la autoridad.


Estos procesos de barbarie siguen vigentes, aunque bajo formas más encubiertas. Las cárceles y prisiones continúan existiendo, y los modos disciplinares también. Allí se practicó la fórmula de "hacer morir" el cuerpo, ejercer sobre él un poder directo, visible y brutal. Con la modernidad el poder se vuelve más eficiente y menos visible, como si se camuflara. La prisión sustituye al patíbulo. La disciplina reemplaza al suplicio. Foucault (2002) afirma que la disciplina fabrica o amolda cuerpos sometidos y ejercitados, cuerpos dóciles. No estamos ante una disciplina moral o religiosa, sino ante un modo estructural sujeto a normas concretas de poder que actúan directamente sobre el cuerpo. Cuando se mencionan cuerpos dóciles o ejercitados ejército, policía, cuarteles, colegios no se trata de obediencia pasiva, sino de una configuración corporal alineada con las exigencias del poder disciplinario. El objetivo ya no es destruir el cuerpo, sino optimizarlo. Escuela, hospital, fábrica, cuartel y prisión comparten una misma lógica: segmentación del espacio, control del tiempo, jerarquización de funciones y vigilancia permanente.


El poder se infiltra en los detalles de la vida cotidiana, organizando gestos, ritmos y comportamientos. La consigna deja de ser "hacer morir" para transformarse en "dejar vivir", pero bajo condiciones estrictamente reguladas. No se liquida al cuerpo de golpe, se lo administra, se lo normaliza, se lo convierte en recurso productivo.

Esta mutación implica un desplazamiento fundamental, del castigo espectacular a la normalización constante. El poder ya no necesita mostrarse en la plaza pública, porque opera desde la interiorización de la norma. El sujeto aprende a vigilarse a sí mismo. La disciplina no solo controla, produce subjetividades. La modernidad no elimina la violencia, la racionaliza y la integra en dispositivos institucionales que parecen neutros o técnicos. Bajo esta apariencia, el poder se vuelve más profundo y eficaz, pues ya no se impone únicamente desde afuera, sino que se inscribe en el propio cuerpo y en la conducta cotidiana.

 

El panoptismo como modelo de racionalidad política


El capítulo dedicado al panoptismo es central en Vigilar y castigar. Inspirado en el diseño de Jeremy Bentham (1791/1995), el panóptico consiste en una arquitectura circular que permite observar a todos los internos desde una torre central sin que ellos sepan exactamente cuándo están siendo vigilados. Bentham no lo concibió como mera arquitectura carcelaria, sino como "un nuevo modo de obtener poder de mente sobre mente, en una cantidad nunca antes alcanzada" (p. 29).


Su idea era simple pero radical: el vigilante invisible produce en el preso un estado de "conciencia visible", haciendo que cada individuo se convierta en su propio carcelero. Esta economía del poder, donde un solo ojo controla muchos cuerpos, resultó tan eficiente que trascendió las paredes de la prisión para convertirse en principio organizador de la sociedad moderna entera.


Sin embargo, más que un edificio, el panóptico es un principio político de poder disciplinar. Una tecnología que reorganiza la relación entre visibilidad y control.


Foucault (2002) sostiene que "el panoptismo es el principio general de una nueva 'anatomía política' cuyo objeto y fin no son las relaciones de soberanía, sino las relaciones de disciplina" (p. 209). El centro del poder ya no reside en la figura espectacular del soberano que castiga públicamente, sino en un dispositivo que distribuye la vigilancia de manera continua y silenciosa. La vigilancia se vuelve permanente y automática, el poder funciona incluso sin intervención directa, pues el sujeto termina interiorizando la mirada del vigilante y se autocontrola.


Cuando el soberano impone coerción sobre el cuerpo, la finalidad no es solo sancionar una falta, sino modificar conductas consideradas desviadas. La disciplina actúa sobre los gestos, los tiempos y los movimientos, produciendo individuos útiles y obedientes. El poder disciplinario no destruye al cuerpo, lo reorganiza, lo optimiza y lo integra en un sistema productivo y normativo más amplio.


El panoptismo no se limita a la prisión, es entendido como tecnología social de reestructuración del cuerpo y de la conducta que atraviesa múltiples instituciones modernas. Escuelas, hospitales, fábricas y cuarteles adoptan principios similares de vigilancia, registro y clasificación. Aquí comienza a fundarse la sociedad disciplinaria, un orden que organiza cuerpos, regula comportamientos y clasifica individuos mediante exámenes, estadísticas y archivos. La observación constante se convierte en mecanismo de normalización, donde cada sujeto es comparado, medido y evaluado.


El panóptico no debe entenderse solo como estructura física, sino como matriz de poder que sigue operando en formas contemporáneas de control social, donde la visibilidad se convierte en instrumento de regulación y la disciplina en condición de funcionamiento de la modernidad.

 

De la disciplina del cuerpo a la biopolítica

 

En este punto, Foucault amplía su análisis señalando que el poder moderno no solo disciplina cuerpos individuales, sino que administra y controla poblaciones enteras. De allí surgen los inicios de la biopolítica, forma de poder cuyo objeto ya no es simplemente el cuerpo como máquina productiva, sino la vida biológica en su dimensión colectiva. La preocupación deja de ser únicamente la corrección del individuo para convertirse en la gestión del conjunto social.


El poder soberano clásico se definía por el derecho de "hacer morir y dejar vivir". Era un poder que se ejercía de manera visible y excepcional, a través del castigo o la guerra. En la modernidad, según Foucault (2002), la fórmula da un giro, el poder tiende a "hacer vivir y dejar morir". La función principal del Estado moderno pasa a ser la administración de la vida, la prolonga, optimiza y regula. La gestión de la natalidad, la salud pública, la higiene urbana y las políticas demográficas se convierten en instrumentos centrales de gobierno. La medicina social, las campañas de vacunación y las normativas sanitarias no son simples avances técnicos, sino expresiones de una nueva racionalidad política.


La vida se transforma en objeto de cálculo. Estadísticas, tasas de mortalidad, indicadores epidemiológicos y proyecciones demográficas permiten intervenir sobre el cuerpo social como si se tratara de un organismo susceptible de medición y corrección. El poder ya no actúa únicamente castigando desviaciones individuales, sino regulando procesos globales como el crecimiento poblacional, la esperanza de vida o la productividad colectiva. Se trata de un poder que opera sobre la especie humana en cuanto tal.


Aquí aparece una tensión fundamental. Si el poder moderno se orienta a "hacer vivir", ¿cómo explicar las guerras masivas, los genocidios y las exclusiones radicales del siglo XX? ¿Cómo comprender que el mismo Estado que promueve políticas de salud y bienestar pueda, al mismo tiempo, producir muerte a gran escala?


Agamben (1998) radicaliza el diagnóstico foucaultiano. La biopolítica no es una máquina que elimina la violencia soberana, sino que la reinscribe en un nuevo marco, donde ciertas vidas pueden ser excluidas del orden jurídico y reducidas a mera existencia biológica. Schmitt (2009) había anticipado esta lógica al definir la soberanía como la decisión sobre la excepción, el momento en que el orden jurídico se suspende para preservarse. La modernidad no suprime el poder de matar, lo reorganiza. La biopolítica administra la vida, pero también decide qué vidas merecen ser protegidas y cuáles pueden ser abandonadas. Esta ambivalencia revela que el gobierno de la vida siempre implica, en última instancia, una decisión política sobre el valor diferencial de las vidas que componen la comunidad.


II.                Agamben: soberanía y vida desnuda


En El poder soberano y la vida desnuda: Homo sacer I, Agamben (1998) parte de una figura del derecho romano, el "homo sacer", aquel individuo que podía ser muerto impunemente, pero no sacrificado ritualmente. Era una vida excluida del orden jurídico y, sin embargo, incluida en él bajo la forma de excepción.


Agamben sostiene que el poder soberano se constituye originariamente mediante la producción de un cuerpo biopolítico, es decir, a través de la inscripción de la vida en el ámbito del poder político (Agamben, 1998). La vida biológica, la "vida desnuda", se convierte en el fundamento oculto de la política moderna. El campo de concentración no es una anomalía histórica, sino el paradigma del espacio político contemporáneo, donde la ley se suspende sin dejar de operar.


El estado de excepción, concebido originalmente como medida extraordinaria y temporal frente a situaciones de emergencia, tiende en la modernidad a transformarse en técnica permanente de gobierno. Lo que debía ser suspensión provisional del orden jurídico se convierte progresivamente en mecanismo ordinario de ejercicio del poder. Schmitt (2009) ya había señalado que la soberanía se revela precisamente en esta capacidad de decidir cuándo la normalidad se suspende, sin que el orden jurídico desaparezca, sino que se mantenga en estado de latencia.


En este proceso, la excepción deja de aparecer como anomalía y pasa a funcionar como instrumento estable de administración política. La autoridad soberana gobierna no solo mediante la ley, sino también a través de su suspensión, produciendo un espacio ambiguo en el que las decisiones operan en el límite entre legalidad y arbitrariedad, y donde la vida puede quedar expuesta a la intervención directa del poder.

 

Estado de excepción y control social

 

Mientras Foucault describe la proliferación de dispositivos disciplinarios y biopolíticos que organizan la vida social mediante técnicas de normalización, Agamben enfatiza la persistencia de la lógica soberana que decide, en última instancia, sobre la vida y la muerte. Ambos coinciden en que el poder moderno no se limita a gobernar territorios o imponer leyes, sino que se ejerce directamente sobre la vida misma. Sin embargo, Agamben introduce un elemento decisivo, la figura del estado de excepción como mecanismo central de la política contemporánea.


El estado de excepción permite suspender garantías jurídicas en nombre de la seguridad, la estabilidad o la defensa del orden. Es una zona ambigua donde el derecho se mantiene vigente, pero deja de aplicarse plenamente. En ese espacio, ciertos sujetos quedan reducidos a mera existencia biológica (Agamben, 1998). La "vida desnuda" es una vida reducida a su dimensión puramente corporal y orgánica, despojada de reconocimiento político y de garantías jurídicas efectivas. No se trata de la negación de la vida, sino de su reducción a la condición de simple hecho biológico (zoé), separado de la vida cualificada o políticamente reconocida (bios).


El individuo permanece físicamente vivo, pero queda expuesto a la decisión soberana sin la protección plena del orden jurídico. Se sitúa en un umbral incierto entre inclusión y exclusión, dentro y fuera del sistema político al mismo tiempo. Esta paradoja revela que el estado de excepción no es un accidente ocasional, sino una estructura que puede volverse permanente. La suspensión del derecho, que en principio debía ser provisional, tiende a normalizarse en contextos de crisis prolongada.


Las políticas migratorias contemporáneas ofrecen un ejemplo significativo. Centros de detención, zonas de tránsito, deportaciones aceleradas y legislaciones de emergencia configuran espacios donde la vida es administrada y, simultáneamente, expuesta a exclusión.


 El migrante irregular puede estar bajo custodia estatal, recibir alimentación básica y atención mínima, pero carecer de reconocimiento político pleno. Su vida es preservada biológicamente, pero suspendida jurídicamente. Schmitt (2009) advertía que esta lógica de suspensión es constitutiva del orden político moderno, no una falla del sistema sino su mecanismo de autoconservación.


Los campos de concentración del siglo XX representan ejemplos históricos más extremos de estados de excepción. Allí, los individuos estaban vivos, pero privados de derechos, convertidos en cuerpos disponibles para la decisión soberana. Aunque esos casos representen situaciones límite, Agamben sostiene que la lógica que los hizo posibles no ha desaparecido, se ha reconfigurado en nuevas formas de control y exclusión.


El estado de excepción revela la dimensión más cruda del poder moderno, la capacidad de decidir quién merece protección y quién puede ser abandonado. En la intersección entre biopolítica y soberanía, la vida se convierte simultáneamente en objeto de cuidado y de abandono. El control social ya no se ejerce únicamente mediante disciplina o normalización, sino también a través de la producción de espacios jurídicos ambiguos donde ciertos sujetos quedan reducidos a vida desnuda. Esta tensión constituye uno de los rasgos más inquietantes de la política contemporánea.

 

III.             Biopolítica digital y control algorítmico


En la actualidad, el panoptismo descrito por Foucault adopta formas digitales que amplían y sofistican las capacidades de vigilancia. Ya no se trata únicamente de una arquitectura física como la imaginada por Bentham, sino de infraestructuras tecnológicas invisibles que registran, procesan y clasifican datos en tiempo real. El sujeto contemporáneo no está encerrado en una torre visible, está inscrito en redes de información que lo siguen, lo perfilan y lo anticipan. La vigilancia deja de ser espacial y se vuelve informacional. Plataformas digitales, sistemas de reconocimiento facial, bases de datos biométricos y algoritmos predictivos conforman un nuevo entorno biopolítico. Cada interacción en redes sociales, cada búsqueda en internet, cada desplazamiento geolocalizado genera datos que pueden ser almacenados y analizados. Empresas como Meta o Google construyen perfiles detallados a partir de los hábitos de consumo, preferencias políticas e intereses culturales de los usuarios.


Estos perfiles no solo permiten dirigir publicidad personalizada, sino también anticipar comportamientos futuros.


La biopolítica se articula así con el llamado capitalismo de datos. La vida cotidiana se convierte en materia prima económica. El simple acto de caminar con un teléfono móvil activa sistemas de geolocalización que registran trayectorias, el uso de aplicaciones de salud recopila información sobre ritmo cardíaco, sueño y actividad física, las compras digitales permiten inferir niveles de ingreso y patrones de consumo. Todo ello configura un mapa detallado del cuerpo social. El sistema de crédito social implementado en China ofrece un ejemplo evidente, donde datos financieros, comportamientos en línea e incluso relaciones sociales pueden influir en la calificación ciudadana. Aunque el modelo chino sea extremo, en otras regiones existen formas más sutiles de evaluación algorítmica: puntuaciones de riesgo crediticio, sistemas de vigilancia policial predictiva o filtros automatizados que determinan quién accede a ciertos beneficios. En estos casos, el algoritmo se convierte en mediador entre el individuo y el Estado o el mercado.


La vigilancia ya no necesita muros ni torres. Opera mediante métricas invisibles y perfiles predictivos. El poder no se manifiesta como prohibición directa, sino como modulación de posibilidades. Plataformas como Amazon utilizan sistemas algorítmicos para supervisar el rendimiento de sus trabajadores en centros logísticos, midiendo tiempos de desplazamiento y productividad en segundos. Aquí la disciplina clásica se combina con el control digital, el cuerpo sigue siendo regulado, pero ahora mediante sensores y datos.


Los sistemas de reconocimiento facial instalados en aeropuertos o espacios públicos permiten identificar individuos en tiempo real. Esto transforma la relación entre anonimato y espacio urbano. La ciudad se convierte en entorno monitoreado donde cada movimiento puede ser rastreado. El panóptico se descentraliza y se distribuye en cámaras, servidores y bases de datos.


Desde una perspectiva biopolítica, esta transformación implica que la vida ya no solo es administrada en términos de natalidad o salud pública, sino también en términos de información. Los datos sobre hábitos alimenticios, movilidad o interacción social permiten intervenir de manera preventiva.

 

 Durante la pandemia de COVID-19, aplicaciones de rastreo de contactos y certificados digitales de vacunación mostraron cómo la gestión sanitaria podía articularse con infraestructuras digitales globales. La protección de la vida se apoyó en sistemas de monitoreo masivo.


Esta expansión del control algorítmico plantea interrogantes éticos y políticos. ¿Quién diseña los algoritmos? ¿Qué criterios determinan la clasificación de riesgo? ¿Cómo se corrigen sesgos que pueden reproducir discriminaciones sociales? El algoritmo, presentado como neutral, puede consolidar desigualdades estructurales al basarse en datos históricos cargados de exclusión.


La biopolítica digital no elimina la lógica disciplinaria, la intensifica y la automatiza. El sujeto internaliza no solo la mirada del vigilante, sino la evaluación constante de métricas invisibles. La reputación en línea, las calificaciones de usuarios y los sistemas de puntuación influyen en oportunidades laborales y sociales. La normalización se vuelve cuantificada.


El poder no necesita imponer coerción visible. Funciona mediante incentivos, recomendaciones y restricciones algorítmicas que orientan conductas. El control ya no se ejerce únicamente sobre cuerpos físicos, sino sobre flujos de datos que representan esos cuerpos. La vida biológica y la vida digital se entrelazan.


Bauman (2005) sostiene que la modernidad tardía produce formas de existencia marcadas por la fragilidad, la incertidumbre y la condición de descartabilidad social. La vida ya no solo es administrada por dispositivos institucionales o algoritmos digitales, sino también evaluada según su utilidad económica y su capacidad de consumo. Aquellos sujetos que no logran adaptarse a la lógica competitiva del mercado global son progresivamente marginados, convertidos en poblaciones "superfluas" (Bauman, 2004). La biopolítica digital no solo vigila y clasifica, sino que normaliza la precariedad como condición estructural de amplios sectores sociales (Bauman, 2005).


El panoptismo contemporáneo no es una torre central, sino una red distribuida. La biopolítica digital revela que la gestión de la vida en el siglo XXI pasa por la administración de información. Gobernar poblaciones implica ahora gobernar datos. El desafío crítico consiste en comprender que detrás de la eficiencia tecnológica persisten relaciones de poder que configuran qué vidas son visibles, qué comportamientos son premiados y cuáles son marginalizados.

 

IV.             Metodología


La metodología adoptada corresponde a un enfoque cualitativo, sustentado en la revisión crítica de la literatura, centrada explícitamente en el análisis hermenéutico y conceptual de tres obras fundamentales: Vigilar y castigar de Michel Foucault, El poder soberano y la vida desnuda: Homo sacer I de Giorgio Agamben, y Teología política de Carl Schmitt como complemento para comprender la lógica de la excepción. A partir de estas fuentes primarias, se desarrolla un análisis comparativo orientado a identificar continuidades, desplazamientos conceptuales y tensiones en torno a las nociones de disciplina, soberanía, estado de excepción y biopolítica en el contexto contemporáneo, incorporando las aportaciones de Zygmunt Bauman para comprender las reconfiguraciones del poder en la modernidad líquida.

 

Resultados

El diálogo teórico entre Foucault, Agamben y Schmitt constituye uno de los debates más fecundos para comprender la política contemporánea. Aunque parten de enfoques distintos, coinciden en una tesis decisiva: la modernidad política tiene como núcleo la gestión de la vida. La diferencia radica en el modo de conceptualizar el funcionamiento del poder.


Foucault privilegia un análisis microfísico del poder. Su interés no se centra en una instancia soberana única, sino en la red de dispositivos que atraviesan la sociedad. El poder no es algo que se posea, sino algo que circula. Se ejerce de manera capilar, a través de instituciones, prácticas, saberes y técnicas. En Vigilar y castigar (2002) muestra cómo la disciplina produce cuerpos dóciles mediante vigilancia, normalización y examen. Al desarrollar la noción de biopolítica, amplía el análisis hacia la regulación de poblaciones enteras. El poder es productivo, fabrica subjetividades, organiza conductas y optimiza la vida social.


Agamben, en cambio, reintroduce la centralidad de la soberanía. Si bien reconoce la importancia de los dispositivos disciplinarios, sostiene que en el fondo persiste una estructura decisoria que define quién pertenece plenamente al orden jurídico y quién puede ser excluido. En Homo Sacer (1998), argumenta que la figura del estado de excepción revela el fundamento último del poder moderno: la capacidad de suspender el derecho. Para Agamben, el núcleo de la política no es solo la normalización, sino la inclusión excluyente, es decir, la producción de sujetos que son integrados en el orden jurídico precisamente a través de su exclusión.


Schmitt (2009) anticipó esta lógica al definir la soberanía como la decisión sobre el estado de excepción. Su aporte es crucial porque muestra que la suspensión del derecho no es una anomalía, sino el mecanismo mediante el cual el orden jurídico se preserva a sí mismo. La soberanía se revela precisamente en el momento en que la normalidad se interrumpe, sin que por ello el orden desaparezca. Esta lógica de la excepción como fundamento, no como falla, permite comprender mejor por qué Agamben ve el campo de concentración como paradigma de la política moderna, no como aberración.


Aquí se sitúa la tensión principal. Foucault se concentra en la normalización, en cómo las instituciones moldean conductas y administran la vida cotidiana. Agamben pone el acento en la excepción, en el momento en que el derecho se suspende y la vida queda expuesta a la decisión soberana. Schmitt permite comprender que esta excepción no es external al orden, sino su fundamento oculto. El primero analiza dispositivos concretos (prisión, hospital, escuela), el segundo interroga el fundamento que permite que esos dispositivos operen dentro de una estructura que siempre conserva la posibilidad de excluir.


Sin embargo, la convergencia es clara. Los tres sostienen que la política moderna ya no puede entenderse únicamente como ejercicio de soberanía territorial o como contrato jurídico entre ciudadanos. El eje se ha desplazado hacia la vida misma. Tanto la disciplina foucaultiana como la vida desnuda agambeniana y la decisión schmittiana muestran que el poder moderno actúa sobre el cuerpo, la salud, la natalidad, la movilidad y la supervivencia. La diferencia es de énfasis: Foucault ilumina la trama cotidiana del poder, Agamben revela su momento límite, Schmitt muestra que este límite es constitutivo.


Bauman complementa esta tensión teórica al situar el problema en el marco de la modernidad líquida. En Modernidad líquida, sostiene que las estructuras "sólidas" de la sociedad disciplinaria descrita por Foucault se transforman en mecanismos flexibles, móviles y globalizados. El control ya no depende exclusivamente del encierro institucional ni de la excepción soberana, sino que opera mediante la inseguridad permanente, la competencia individualizada y la autoevaluación constante. La figura agambeniana de la "vida desnuda" encuentra un correlato sociológico en las poblaciones consideradas excedentes o irrelevantes para el mercado, mientras que la disciplina foucaultiana se reconfigura en prácticas de autoexplotación y precarización estructural (Bauman, 2000).


En términos críticos, puede decirse que Foucault explica cómo se gobierna la vida, Agamben advierte cómo esa misma vida puede ser abandonada, Schmitt revela que esta posibilidad de abandono es el fundamento mismo del orden. Juntos ofrecen una comprensión más compleja donde la modernidad política combina producción de subjetividad y capacidad de exclusión radical. La gestión de la vida no elimina la violencia soberana, la reorganiza en nuevas formas.


Cuadro1. Tabla de comparaciones

Autor

Obra clave

Concepto central

Enfoque del poder

Ejemplo contemporáneo

Michel Foucault

Vigilar y castigar (2002)

Disciplina / Biopolítica

Poder capilar, productivo, normalizador

Prisiones, escuelas, hospitales; control de comportamientos; vigilancia interna

Giorgio Agamben

Homo Sacer I (1998)

Estado de excepción / Vida desnuda

Poder soberano, decisorio, suspensivo

Migrantes en centros de detención; suspensiones jurídicas; decisión sobre quién vive

Carl Schmitt

Teología política (2009)

Decisión sobre la excepción

Poder fundador, jurídico-político

Estados de emergencia permanentes; gobiernos que suspenden garantías "para preservar el orden"

Zygmunt Bauman

Modernidad líquida (2000) / Vidas desperdiciadas (2004)

Excedentes sociales / Precarización

Poder flexible, globalizado, difuso

Capitalismo digital; "poblaciones superfluas"; precarización laboral

Contexto digital

Homo videns

Biopolítica digital / Control algorítmico

Poder distribuido, invisibilizad, automatizado

Sistemas de puntuación social; vigilancia predictiva; reconocimiento facial; tracking de datos

Fuente: Elaboración propia del autor (2026) a partir de Foucault (2002), Agamben (1998) y Schmitt (2009).

 

 

Conclusiones

 

Como conclusiones tenemos que el poder contemporáneo no se está limitando solo a prohibir o reprimir, este poder produce, administra y clasifica la vida misma como quiere. Un aspecto importante a destacar es que la llamada modernidad política no se define solo por leyes e instituciones, sino por una red de dispositivos que organizan cuerpos, regulan poblaciones y deciden quién entra y quién queda afuera. En este sentido, el control se ha movido desde la coerción visible hacia formas más sutiles o disimuladas como  la normalización que moldea conductas y la excepción que suspende derechos.


Michel Foucault desmonto como el poder disciplinario fabrica sujetos dóciles mediante vigilancia y examen. Es una vigencia viva hasta la actualidad.  Luego amplió el análisis donde la biopolítica administra la vida colectiva, gestiona natalidad, salud, estadísticas etcétera. La vida deja de ser naturaleza para convertirse en objeto de intervención. En este sentido, ya no solo  se trata de "hacer morir al individuo", sino de "hacer vivir al individuo", el precio al final es optimizar la fuerza productiva del cuerpo social. No dejarlo morir por morir, se lo deja vivir pero se lo priva de todo derecho. Un ejemplo claro de este caso, un prisionero en una isla condenado al destierro.


Agamben advierte que esta gestión no elimina la soberanía el poder de control, por lo contrario la  reinscribe en el estado de excepción, donde el derecho se suspende y ciertos sujetos quedan reducidos a mera existencia biológica, despojada de protección. La política moderna administra la vida, pero conserva siempre la capacidad de abandonarla.


Por su lado Schmitt revela que esta suspensión o la ayuda del soberano al individuo no es falla del sistema, sino su mecanismo de autoconservación. La soberanía se define por decidir cuándo la normalidad de una situación cualquiera se interrumpe. Sin comprender esta lógica, no se entiende cómo Estados democráticos pueden convertirse rápidamente en aparatos de exclusión masiva sin abolir sus constituciones. Las migraciones forzadas por ejemplo, o redadas migratorias, este tipo de presupuesto puede ser encontrado entre la frontera de Estados Unidos y México.


Los tres enfoques coinciden aquí;  el núcleo de la política contemporánea es la vida. Disciplina, biopolítica, excepción y decisión soberana son dimensiones de un mismo proceso. Gobernar significa intervenir sobre cuerpos y poblaciones, producir subjetividades y, en los límites, decidir quién merece protección y quién puede ser descartado. Eso es un hecho visible, una guerra, un aliado decide a quien si abre sus fronteras para acogerlo, y a quien le dice no puedes pasar por aquí por más que seas un ser humano eres enemigo de mi amigo.


Hoy esta problemática se intensifica aún más, dado que  la biopolítica digital extiende el control a plataformas, bases de datos biométricos, como los algoritmos predictivos. Siendo así que la vigilancia se vuelve difusa, invisible, automatizada.

La normalización opera mediante métricas que condicionan oportunidades sin que nadie dé la orden explícita.


Pero aquí surgen unas preguntas decisivas: Quiénes controlan a quiénes, y cómo estos controlados y vigilados ya no exclusivamente desde una prisión u ojos físicos se posicionan frente a ese poder coercitivo el digitalmente hablando?. Otra cuestión, ¿esta lógica implica necesariamente dominación, o puede reconfigurarse hacia una política emancipadora?


En definitiva es de entender que el  poder produce subjetividades, eso debe quedar más que claro, pero  también este mismo poder abre los  espacios para resistir y combatir; un problema siempre es consecuencia de una causa que no sé controla a tiempo. Por lo tanto,  un problema una vez puesto en escena, este al mismo suele ser acción para la busca de su solución.  Por ende, que  resistencia no es solo confrontar autoridades visibles, es cuestionar a sus mecanismos cotidianos de normalización, cuestionar  las clasificaciones que naturalizan desigualdades, cuestionar las excepciones que justifican exclusiones. En síntesis, es recuperar la dimensión colectiva de la vida frente a su reducción a dato explotable.


Finalmente, llegamos a la conclusión última de este trabajo, anotemos que  críticamente la biopolítica significa interrogar cómo se gobierna la vida y preguntarse qué formas de vida queremos sostener. De ahí, queda tener en cuenta que si el poder moderno se ejerce sobre la vida, la política emancipadora deberá orientarse a proteger y ampliar las condiciones de una vida digna, común y plural y diversa, dado que la cultura humana no es homogénea es ampliamente pluri diversa. Solo así la gestión de la vida dejará de reproducir dominación y abrirá horizontes de justicia y más humanidad.

 

 

Bibliografía

Agamben, G. (1998). El poder soberano y la vida desnuda: Homo sacer I. Adriana Hidalgo Editora.

 

Bentham, J. (1995). El panóptico (M. A. Noceda Fernández, Trad.). Madrid: La Catarata. (Obra original publicada en 1791).

 

Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.

 

Bauman, Z. (2004). Vidas desperdiciadas: La modernidad y sus parias. Paidós.

 

Bauman, Z. (2005). Vida líquida. Paidós.

 

Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores.

 

Schmitt, C. (2009). Teología política (F. J. Conde & J. Navarro Pérez, Trads.). Trotta. (Obra original publicada en 1922).

 

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