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EL CONCEPTO DE TERRORISMO: ORIGEN HISTÓRICO, CONSTRUCCIÓN POLÍTICA Y DEBATES CONTEMPORÁNEOS





Introducción


Es así que  el objetivo de este ensayo con un abordaje descriptivo y cualitativo es analizar el origen histórico del concepto de terrorismo, su evolución teórica y las principales interpretaciones académicas sobre su significado. Asimismo, se busca discutir cómo este concepto se utiliza en los debates políticos contemporáneos y cómo su definición puede variar según el contexto ideológico y geopolítico. El concepto de terrorismo es uno de los términos políticos más debatidos y controvertidos dentro de la ciencia política, las relaciones internacionales y la sociología de la violencia. Aunque hoy se utiliza comúnmente para describir actos violentos cometidos por actores no estatales contra civiles o instituciones con fines políticos, su significado ha cambiado a lo largo del tiempo.


 Comprender su origen histórico permite analizar cómo este concepto se ha construido y transformado según los contextos políticos e ideológicos. El término terrorismo surgió durante la Revolución Francesa a finales del siglo XVIII. En aquel contexto, el concepto estaba vinculado al llamado “Reinado del Terror” (1793-1794), período en el cual el gobierno revolucionario jacobino utilizó la violencia estatal para defender la revolución y eliminar a sus enemigos políticos. Paradójicamente, en ese momento la palabra tenía una connotación relativamente positiva, asociada a la defensa de la virtud republicana y la supervivencia del nuevo régimen revolucionario (Laqueur, 2003).


Durante el siglo XIX el término comenzó a transformarse. Movimientos revolucionarios, particularmente anarquistas y nacionalistas, adoptaron estrategias violentas dirigidas contra monarquías, autoridades políticas o símbolos del poder estatal. En este contexto surgió la idea de la “propaganda por el hecho”, defendida por pensadores anarquistas quienes consideraban que los actos violentos podían despertar conciencia política en la sociedad y estimular procesos revolucionarios (Malatesta, 1891; Cafiero, 1880).


En el siglo XX, especialmente después de las guerras mundiales y durante la Guerra Fría, el concepto de terrorismo adquirió una dimensión geopolítica más compleja. Así para Crenshaw (2011) diversos movimientos insurgentes, separatistas o revolucionarios emplearon tácticas terroristas como parte de sus estrategias de lucha política. Paralelamente, los Estados comenzaron a utilizar el término como una categoría jurídica y política para describir y condenar determinadas formas de violencia política.


 En la actualidad no existe una definición universalmente aceptada del terrorismo. Organismos internacionales, gobiernos y académicos utilizan definiciones diferentes, aunque la mayoría coincide en algunos elementos comunes, como el uso de la violencia, la intención de generar miedo colectivo y la búsqueda de objetivos políticos o ideológicos (Hoffman, 2006; Crenshaw, 2011).


Esta ambigüedad conceptual explica por qué el término se ha convertido en una herramienta tanto analítica como política dentro de las ciencias sociales. El concepto de terruco o el terruqueo en el Perú se impuso con fuerza en los años de la violencia entre el Estado peruano y los Movimientos insurgentes de los años 80 y 2000. Los medios de comunicación han jugado un papel crucial en la imposisión de estos conceptos. Lo que tenemos que apuntar es que las clases dominantes son las que más han lucrado con estos dialectos y sobre todo la clase política de las derechas extremas, y conservadoras.

 

Desarrollo


1. Origen histórico del terrorismo


El concepto de terrorismo tiene un origen histórico profundamente ligado a los procesos de transformación política de la modernidad. Desde una perspectiva de la ciencia política, el término no surge inicialmente para describir la violencia de actores insurgentes, como suele entenderse en el discurso contemporáneo, sino como una forma específica de ejercicio del poder estatal en contextos revolucionarios.


Su aparición se remonta a la Revolución Francesa, particularmente al período conocido como La Terreur (1793-1794), durante el cual el gobierno jacobino liderado por Maximilien Robespierre utilizó el terror como instrumento de consolidación política del nuevo régimen republicano. En ese contexto, el terror era concebido como un mecanismo de defensa de la revolución frente a sus enemigos internos y externos. Por eso el término “terrorismo” describía originalmente una política de Estado basada en el uso sistemático de la coerción y la violencia para preservar un proyecto político revolucionario. Desde el punto de vista teórico, este primer uso del concepto refleja una lógica de poder en la cual la violencia se institucionaliza como instrumento de control político. La justificación jacobina del terror se apoyaba en una concepción radical de la soberanía popular: el Estado revolucionario asumía la función de proteger la virtud republicana mediante la eliminación de aquellos considerados enemigos de la revolución (Laqueur, 2003).


Sin embargo, a lo largo del siglo XIX el significado del término experimentó una transformación significativa. Con el surgimiento de movimientos revolucionarios y corrientes radicales, especialmente dentro del anarquismo europeo, el terrorismo comenzó a asociarse con formas de violencia política ejecutadas por actores no estatales. En este contexto apareció la estrategia conocida como “propaganda por el hecho”, defendida por pensadores anarquistas  quienes sostenían que actos violentos simbólicos contra figuras del poder podían despertar la conciencia política de las masas y estimular procesos revolucionarios (Malatesta, 1891; Cafiero, 1880).


Históricamente, durante el siglo XIX numerosos atentados políticos influyeron en la construcción del concepto moderno de terrorismo. Entre ellos destacan el asesinato del zar Alejandro II de Rusia en 1881, el atentado contra Napoleón III en Francia en 1858 y el asesinato del presidente estadounidense James A. Garfield en 1881. Estos hechos contribuyeron a fortalecer la asociación entre terrorismo, conspiración política y movimientos insurgentes, fenómeno que diversos estudios vinculan con el surgimiento del terrorismo moderno en los movimientos anarquistas de la época (Laqueur, 2003).


A finales del siglo XIX y principios del siglo XX, esta forma de violencia se expandió en distintos contextos políticos, vinculándose con movimientos nacionalistas, revolucionarios y anticoloniales. En consecuencia, el terrorismo comenzó a ser entendido dentro de la teoría política como una estrategia específica de lucha política caracterizada por el uso deliberado de la violencia para producir efectos psicológicos y políticos más allá del daño físico inmediato (Rapoport, 2004). De toda esta sincronía América Latina tampoco se queda atrás en la aparición de acciones de este tipo.

 

2. Terrorismo como concepto político

A lo largo del siglo XX el terrorismo comenzó a consolidarse como una categoría analítica dentro de la ciencia política, particularmente en los campos de los estudios estratégicos, la seguridad internacional y el análisis de la violencia política. La evolución contemporánea del fenómeno ha sido explicada mediante la teoría de las “olas del terrorismo”, que identifica distintos ciclos históricos de violencia política desde finales del siglo XIX hasta la actualidad (Rapoport, 2004).


Desde una perspectiva politológica, el terrorismo puede definirse como una estrategia de acción política caracterizada por el uso deliberado de la violencia con el objetivo de producir efectos psicológicos y políticos más amplios que el daño físico inmediato. Diversos estudios han señalado que el terrorismo posee tres características fundamentales: el uso o amenaza de violencia, la intención de generar miedo o intimidación en una audiencia más amplia que las víctimas directas, y la persecución de objetivos políticos o ideológicos (Laqueur, 2003; Hoffman, 2006).


El primer elemento, el uso de la violencia, constituye el componente operativo central del terrorismo. Sin embargo, en el análisis politológico esta violencia no debe entenderse únicamente como una acción destructiva, sino como una forma de comunicación política. Los actos terroristas buscan transmitir un mensaje político que trasciende el evento violento en sí mismo y que pretende influir en la opinión pública o en las decisiones gubernamentales (Hoffman, 2006).


El segundo elemento clave es la producción deliberada de miedo o terror en la sociedad. A diferencia de otras formas de violencia política, el terrorismo tiene como objetivo principal generar un impacto psicológico desproporcionado respecto al acto violento concreto. Esta dimensión psicológica explica por qué los atentados suelen dirigirse contra objetivos simbólicos o altamente visibles (Hoffman, 2006).


El tercer elemento se refiere a la naturaleza política o ideológica de los objetivos perseguidos. El terrorismo no constituye una ideología en sí misma, sino una táctica que puede ser utilizada por actores con motivaciones ideológicas diversas, incluyendo movimientos revolucionarios, nacionalistas, religiosos o separatistas (Crenshaw, 2011).


En este sentido queda claro que los aspectos centrales para definir el terrorismo mediante el uso de la violencia, inculcar el miedo y terror, y donde la imposición de la  ideología política a ser implementada juega su carta final son las características a ser tenidas en cuenta para la búsqueda y entendimiento del concepto terrorista. Lo que hay que enfatizar es que este texto es introductorio sobre el termino en sí, dado que habría que desglosar todo un leque de investigaciones para tratar otras corrientes conceptuales como el terrorismo de Estado; terrorismo mediático, militar, religioso, educativo, económico, alimentario, y así en esa ruta.


3. Diálogo conceptual contemporáneo


En el debate contemporáneo de la ciencia política, el concepto de terrorismo se ha convertido en una categoría profundamente disputada y politizada. Aunque existen intentos académicos por establecer definiciones operativas relativamente consensuadas, en la práctica política el término continúa siendo utilizado de manera selectiva dependiendo de los intereses estratégicos, ideológicos o geopolíticos de los actores que lo emplean (Crenshaw, 2011). Esta situación ha generado un amplio campo de discusión dentro de las ciencias sociales, pues la definición del terrorismo no se limita únicamente a la descripción de actos violentos, sino que también implica procesos de interpretación política, construcción discursiva y disputa por la legitimidad del uso de la fuerza.


Desde esta perspectiva, el terrorismo puede entenderse no solo como un fenómeno de violencia política, sino también como una categoría conceptual que participa activamente en la construcción de narrativas políticas dentro del sistema internacional. Los gobiernos, las organizaciones internacionales, los medios de comunicación y los movimientos políticos suelen utilizar el término para clasificar determinados actores o acciones, pero dichas clasificaciones no siempre responden exclusivamente a criterios analíticos, sino también a intereses políticos concretos. Por ello, la definición de terrorismo se encuentra atravesada por relaciones de poder, percepciones ideológicas y marcos jurídicos que varían según el contexto histórico y político en el que se aplica (Crenshaw, 2011).


Uno de los debates más persistentes gira en torno a la distinción entre terrorismo y resistencia política. A lo largo de la historia, numerosos movimientos armados han recurrido a estrategias violentas con el objetivo de desafiar estructuras de poder establecidas. En algunos casos, estos grupos han sido catalogados como organizaciones terroristas por parte de los Estados o de la comunidad internacional; sin embargo, desde otras perspectivas políticas o sociales, dichos actores han sido interpretados como movimientos de liberación nacional, resistencia frente a la dominación colonial o lucha contra regímenes considerados autoritarios. Esta tensión revela que la clasificación de determinadas acciones como terrorismo depende en gran medida del punto de vista político desde el cual se analice el conflicto.


En este contexto también surge el debate sobre el denominado terrorismo de Estado. Este concepto se utiliza para describir situaciones en las cuales los propios gobiernos recurren al uso sistemático de la violencia, la represión o la intimidación contra la población civil con el objetivo de mantener el control político, neutralizar a sus opositores o preservar determinadas estructuras de poder (Crenshaw, 2011).


El reconocimiento de esta dimensión amplía el análisis del terrorismo más allá de los actores no estatales y permite examinar cómo los propios aparatos estatales pueden emplear estrategias de miedo y coerción como instrumentos de control político. En consecuencia, el estudio contemporáneo del terrorismo requiere considerar tanto las formas de violencia insurgente como las dinámicas de poder que influyen en la forma en que dichas violencias son definidas, interpretadas y utilizadas dentro del debate político global.


4. El concepto de “terruco” y el fenómeno del terruqueo en el Perú


En contexto político peruano, el término “terruco” constituye un peruanismo estrechamente vinculado al periodo de violencia interna que vivió el país entre 1980 y el año 2000. El concepto deriva de la palabra “terrorista”, pero en el lenguaje coloquial adquirió una forma abreviada y claramente peyorativa utilizada para referirse a los integrantes o presuntos simpatizantes de organizaciones insurgentes, principalmente Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) (Comisión de la Verdad y Reconciliación, 2003).


Durante los años más intensos del conflicto armado interno, esta expresión comenzó a circular con fuerza en el discurso público, convirtiéndose rápidamente en una categoría social y política cargada de estigmatización. En muchos casos, el término no solo servía para identificar a miembros de organizaciones subversivas, sino también para etiquetar de manera generalizada a personas o comunidades consideradas sospechosas dentro del contexto de la guerra interna. El uso social y político del término se consolidó especialmente durante la década de 1980, cuando el Estado peruano enfrentó el avance de las insurgencias armadas en distintas regiones del país. En ese contexto, instituciones estatales como las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional comenzaron a utilizar la categoría de “terrorista” y posteriormente su forma coloquial “terruco” como parte del lenguaje de seguridad y de las estrategias de identificación del enemigo interno. Este proceso se vio reforzado por discursos institucionales y operativos que buscaban simplificar la complejidad del conflicto mediante la identificación de un adversario claramente definido. Sin embargo, con el paso del tiempo el término comenzó a expandirse más allá de su significado original, transformándose progresivamente en una etiqueta utilizada para deslegitimar a diversos actores sociales y políticos, incluso cuando no existían vínculos reales con organizaciones subversivas (Degregori, 2011).


Este fenómeno se intensificó durante el gobierno de Alberto Fujimori (1990–2000), periodo en el cual el discurso de seguridad nacional y la lucha contra el terrorismo se convirtió en uno de los pilares centrales de la legitimidad política del régimen. En ese contexto, la narrativa antiterrorista no solo se utilizó para justificar políticas de seguridad y operaciones militares contra los grupos insurgentes, sino también para desacreditar a opositores políticos, movimientos sociales, organizaciones de derechos humanos e incluso a sectores críticos del gobierno. Según diversos análisis, esta estrategia discursiva contribuyó a consolidar una lógica política en la cual la acusación de “terrorismo” funcionaba como un mecanismo de exclusión dentro del debate público (Degregori, 2011). Los medios de comunicación también desempeñaron un papel importante en la difusión y consolidación de este lenguaje político.


 A través de coberturas informativas, discursos editoriales y narrativas mediáticas centradas en la amenaza subversiva, el término “terruco” comenzó a instalarse en el imaginario social como una forma rápida de clasificar al enemigo político o social. Esta dinámica contribuyó a reforzar una cultura política en la cual la sospecha y la estigmatización podían ser utilizadas como herramientas de disputa simbólica en el espacio público.


Diversos investigadores han señalado que este fenómeno refleja la persistencia de las memorias y los traumas del conflicto armado interno en la cultura política peruana. En este sentido, el llamado “terruqueo” puede entenderse como una estrategia discursiva mediante la cual se acusa, sugiere o insinúa que determinados individuos, colectivos o movimientos sociales tienen vínculos con el terrorismo, incluso cuando no existen pruebas concretas que sustenten dicha afirmación. Como señala Burt (2007), este recurso retórico moviliza el miedo social asociado a la violencia política del pasado con el objetivo de influir en la opinión pública y limitar la legitimidad de ciertos actores dentro del debate político contemporáneo.


En consecuencia, el terruqueo no solo constituye una práctica discursiva, sino también un fenómeno político que revela cómo las memorias del conflicto armado siguen influyendo en la forma en que se construyen las categorías de legitimidad y exclusión en el Perú contemporáneo. Analizar este proceso permite comprender cómo ciertos términos asociados a la violencia política pueden transformarse en herramientas de disputa simbólica dentro del espacio democrático, influyendo tanto en la percepción pública de los conflictos sociales como en las dinámicas de polarización que atraviesan la política peruana actual.

 

 

Cuadro 1. Evolución histórica del concepto de terrorismo y su resignificación en el Perú

Periodo histórico

Características del terrorismo

Actores predominantes

Interpretación política

Revolución Francesa (1793–1794)

Uso sistemático del terror como instrumento de control político durante el llamado Reinado del Terror.

Estado revolucionario jacobino

El terrorismo se entiende como violencia ejercida desde el Estado para preservar el orden político revolucionario y eliminar a los enemigos de la revolución.

Finales del siglo XIX

Aparición del terrorismo moderno vinculado al anarquismo y a la estrategia de “propaganda por el hecho”.

Movimientos anarquistas y revolucionarios

El terrorismo comienza a interpretarse como violencia política insurgente dirigida contra autoridades políticas y estructuras del poder estatal.

Siglo XX (1940–1990)

Expansión de movimientos armados nacionalistas, revolucionarios y separatistas que emplean tácticas terroristas dentro de conflictos ideológicos y geopolíticos.

Guerrillas, movimientos anticoloniales y organizaciones insurgentes

El terrorismo se consolida como una estrategia de lucha política asimétrica utilizada por actores no estatales para desafiar el poder establecido.

Finales del siglo XX – siglo XXI

Aparición del terrorismo transnacional, redes descentralizadas y uso estratégico de los medios de comunicación globales.

Organizaciones transnacionales y actores no estatales

El terrorismo se convierte en una categoría central dentro de las agendas de seguridad internacional y en un concepto políticamente disputado.

Perú contemporáneo (2000–actualidad)

Aparición del término “terruqueo” como práctica discursiva de estigmatización política asociada al recuerdo del conflicto armado interno.

Actores políticos, medios de comunicación, sectores del aparato estatal y actores del debate público

El término “terruqueo” se utiliza para asociar o insinuar vínculos con el terrorismo a determinados actores sociales o políticos. Funciona como un recurso retórico que moviliza el miedo histórico al terrorismo para deslegitimar protestas, movimientos sociales o adversarios políticos dentro del debate público contemporáneo.

Fuente: Elaboración propia (2026) a partir de la evolución histórica del terrorismo descrita por Rapoport (2004) y del análisis del discurso político peruano contemporáneo.


El cuadro presenta una síntesis de la evolución histórica del concepto de terrorismo desde su aparición en la Revolución Francesa hasta sus transformaciones contemporáneas, incorporando además el caso particular del Perú. La tabla permite observar cómo el significado del terrorismo ha cambiado a lo largo del tiempo dependiendo de los actores involucrados, los contextos históricos y las disputas políticas en torno al uso de la violencia. Inicialmente, el terror se vinculó al ejercicio del poder estatal durante procesos revolucionarios; posteriormente se asoció con movimientos insurgentes que empleaban la violencia como estrategia política. En el contexto contemporáneo, el terrorismo adquiere una dimensión global y mediática. Finalmente, el caso peruano introduce el fenómeno del “terruqueo”, que refleja cómo las memorias del conflicto armado interno han influido en la construcción de categorías discursivas utilizadas dentro del debate político actual para legitimar o deslegitimar determinados actores sociales.

 

Conclusiones


A partir de un breve análisis histórico del concepto de “terrorista”, puede sostenerse que este término no fue originalmente creado por quienes se oponen a la violencia simbólica del Estado o de las clases dominantes. Su origen se remonta al contexto de la Revolución Francesa, particularmente durante el período conocido como el Reinado del Terror, asociado al gobierno revolucionario de Maximilien Robespierre. Con el paso del tiempo, el término fue transformándose y empezó a utilizarse para describir diversas formas de violencia política contra el Estado o contra la población civil.


El concepto terrorismo gano espacio y poder por sus tres elementos básicos según lo investigado, violencia de por medio, sicosis social, e implementación ideológica. El análisis desarrollado a lo largo de este ensayo permite afirmar que el terrorismo no debe entenderse únicamente como una forma de violencia política, sino como un concepto histórico y político cuya definición ha sido moldeada por las transformaciones del poder, los conflictos sociales y las disputas ideológicas propias de la modernidad. A diferencia de lo que muchas veces se supone en el discurso público contemporáneo, el terrorismo no es una categoría fija ni universalmente definida. Por el contrario, se trata de una noción dinámica que ha evolucionado a lo largo del tiempo y cuyo significado depende en gran medida de los contextos históricos, de los actores que la utilizan y de los intereses políticos que se encuentran en juego.


En primer lugar, el recorrido histórico muestra que el concepto de terrorismo surgió en un contexto muy distinto al que hoy se suele asociar con este término. Durante la Revolución Francesa, el terror fue concebido como una herramienta política utilizada por el propio Estado revolucionario para defender el nuevo orden republicano frente a sus enemigos internos y externos. En ese momento, el terror no se interpretaba necesariamente como una práctica ilegítima, sino como un mecanismo extremo destinado a preservar la revolución y garantizar la estabilidad de un sistema político emergente. Este origen histórico demuestra que el vínculo entre violencia y política ha sido una constante en la construcción del poder moderno y que el uso del terror no ha sido exclusivo de actores insurgentes o marginales.


Posteriormente, a lo largo del siglo XIX y especialmente durante el siglo XX, el significado del terrorismo experimentó una transformación significativa. Con el surgimiento de movimientos anarquistas, nacionalistas y revolucionarios, el término comenzó a asociarse con estrategias de lucha política desarrolladas por actores no estatales que buscaban desafiar o desestabilizar el poder establecido. En este contexto, el terrorismo pasó a entenderse como una forma de violencia asimétrica utilizada por grupos que carecían de los recursos militares o institucionales del Estado, pero que buscaban generar un impacto político mediante la producción de miedo, presión social o visibilidad mediática. Esta evolución conceptual permitió que el terrorismo se consolidara como una categoría central dentro del análisis de la violencia política en las ciencias sociales.


Sin embargo, el debate contemporáneo demuestra que el terrorismo no es únicamente un fenómeno empírico relacionado con actos de violencia, sino también una categoría discursiva utilizada dentro de las disputas por la legitimidad política. A lo largo de la historia reciente, los Estados, los gobiernos, las instituciones de seguridad y diversos actores políticos han recurrido al término para definir, clasificar o deslegitimar a determinados adversarios. En muchos casos, la etiqueta de terrorismo no solo cumple una función descriptiva, sino también una función política, pues permite construir narrativas que justifican determinadas políticas de seguridad, legitiman el uso de la fuerza o desacreditan a movimientos considerados peligrosos para el orden político existente. De esta manera, el concepto se convierte en una herramienta de poder dentro del lenguaje político.


El caso peruano constituye un ejemplo particularmente revelador de esta dimensión política del lenguaje. La aparición del término “terruco” y la práctica del “terruqueo” muestran cómo una categoría originalmente vinculada a la violencia insurgente puede transformarse con el tiempo en un instrumento de estigmatización dentro del debate público. Durante el periodo del conflicto armado interno, el término surgió como una forma de identificar a los integrantes de organizaciones subversivas responsables de graves actos de violencia. Sin embargo, con el paso de los años, su uso se expandió progresivamente hacia el terreno de la disputa política y mediática, donde comenzó a utilizarse para deslegitimar protestas sociales, movimientos ciudadanos o actores políticos considerados incómodos o críticos del poder.


Este fenómeno revela que el lenguaje político no es neutral. Las palabras que se utilizan para describir los conflictos sociales influyen profundamente en la manera en que la sociedad percibe a los actores involucrados y en cómo se construyen las fronteras entre lo legítimo y lo ilegítimo dentro del debate democrático. Cuando ciertos términos se utilizan de forma indiscriminada o estratégica para desacreditar adversarios políticos, existe el riesgo de que pierdan precisión analítica y se conviertan en instrumentos de polarización.


En consecuencia, comprender el origen histórico y la evolución política de conceptos como terrorismo resulta fundamental para fortalecer una mirada crítica sobre los discursos contemporáneos. Analizar cómo surgen, cambian y se utilizan estas categorías permite reconocer las dinámicas de poder que influyen en la construcción del lenguaje político. Solo a partir de esta comprensión crítica es posible evitar simplificaciones, cuestionar narrativas interesadas y promover un debate público más informado, reflexivo y democrático sobre los conflictos que atraviesan nuestras sociedades.

 

Bibliografía

Burt, J.-M. (2007). Political violence and the authoritarian state in Peru: Silencing civil society. Palgrave Macmillan.

Cafiero, C. (1880). Anarquía y comunismo. Recuperado de https://theanarchistlibrary.org

Comisión de la Verdad y Reconciliación. (2003). Informe final. Lima: CVR. https://www.cverdad.org.pe/ifinal/

Crenshaw, M. (2011). Explaining terrorism: Causes, processes and consequences. Routledge.

Degregori, C. I. (2011). Qué difícil es ser Dios: Ideología y violencia política en Sendero Luminoso. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

Hoffman, B. (2006). Inside terrorism (2nd ed.). Columbia University Press.

Laqueur, W. (2003). La guerra sin fin: El terrorismo en el siglo XXI. Destino.

Malatesta, E. (1891). Anarquía. Freedom Press. Recuperado de https://theanarchistlibrary.org

Rapoport, D. C. (2004). The four waves of modern terrorism. En A. K. Cronin & J. M. Ludes (Eds.), Attacking terrorism: Elements of a grand strategy (pp. 46–73). Georgetown University Press.

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