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ECONOMÍA POLÍTICA DEL EXTRACTIVISMO: ENTRE EL AMOR Y EL ODIO

Hilder Alberca Velasco

"No heredamos la tierra de nuestros ancestros; la tomamos prestada de quienes resisten ahora, y esa deuda solo se paga con territorio recuperado".

La tierra no miente, quienes mienten son los mapas que se dibujan sobre ella. Esta frase condensa una forma de conocimiento nacida de la experiencia corpórea del territorio, del dolor de la tierra arrancada, del agua envenenada, del bosque convertido en commodities. Se trata de una sabiduría que emerge de los pueblos que habitan la divergencia no como excepción, sino como condición estructural de su existencia. De esta divergencia, de este espacio liminar donde el desacuerdo se convierte en materia prima del pensamiento, parte la reflexión sobre la economía política del extractivismo contemporáneo y las formas de resistencia que le oponen el cuidado, el amor, la negativa radical a ser convertido en recurso.


Además, la historia de América Latina no se escribe solo en consensos. Esta afirmación aparentemente simple lleva una densidad que atraviesa siglos de dominación colonial y neocolonial, resistencias silenciadas y reinvenciones de los sentidos del vivir. Nuestro continente es conocido como un espacio de disputa permanente entre formas de vida radicalmente distintas, entre la lógica del capital que todo convierte en valor y las cosmologías que no separan naturaleza y sociedad.


Quien habita estos espacios de tensión sabe que lo que une a los pueblos latinoamericanos no es la lengua compartida ni los acentos que nos diferencian. Lo que nos une es algo más profundo: la experiencia común de enfrentar un capitalismo voraz, depredador, sistemáticamente productor de humanidad descartable. De este modo, las luchas de clase atraviesan en todo momento el corazón de América Latina. Un colega marxista diría con propiedad que estas tensiones son el hilo conductor invisible, pero determinante de nuestra realidad social, política y económica. Y tendría razón, pues donde se mira con atención etnográfica, encontramos las marcas de esta lucha en los cuerpos cansados de los trabajadores de las minas, en las pieles quemadas por el sol de las plantaciones de monocultivo, en las voces entre apagadas y resilientes de liderazgos comunitarios que denuncian la contaminación de sus ríos.


Estas luchas se vuelven particularmente visibles cuando desplazamos la mirada hacia comunidades que nacieron bajo el signo de la explotación colonial y que paradójicamente continúan sobreviviendo bajo formas renovadas de dominación. Discursos de desarrollo sostenible y responsabilidad social corporativa, en la práctica concreta de los cuerpos y de las tierras, producen sufrimiento, desplazamiento forzado, pérdida de sentido y destrucción ambiental irreversible.


Consecuentemente, es en este escenario de disputa permanente donde amor y odio emergen no como categorías sentimentales banales, sino como dimensiones estructurales de la realidad social concreta. El amor representa la conexión originaria entre humanidad y naturaleza, ese vínculo que las cosmologías indígenas, quilombolas, campesinas, andinas y guaraníes nunca separaron y que el pensamiento occidental moderno se encargó de romper mediante operaciones dualistas. El odio, por su parte, encarna las estructuras de poder que explotan, dominan y marginan sistemáticamente a los grupos históricamente excluidos.


En este antagonismo fundamental, que no es metafórico, sino material, corporal y territorial, estos grupos permanecen atravesados simultáneamente por raza, cultura, poder y economía en una interseccionalidad que no es abstracta, sino que duele en la piel, en el hambre y en la tierra arrancada.


En este sentido, lo que une a los pueblos de América Latina más allá de las diferencias de lengua, acentos y regiones es también la experiencia de enfrentar la neoliberalización y sus múltiples modos de opresión, junto con sus aparatos ideológicos sofisticados que construyen narrativas capaces de justificar la explotación de la tierra y de las personas en cualquier territorio. Para el capitalismo y sus grupos de poder poco importa si somos de Brasil, Colombia, Argentina, Perú o Ecuador. Lo que importa es la consolidación de una estructura conocida como neoliberalización, dentro de la cual se profundizan los modos extractivistas en todas sus dimensiones: mineral, agrícola, energética, hídrica, biológica y cultural.


A propósito, podemos recordar a Augusto Monterroso en su microcuento El dinosaurio: cuando despertamos, el dinosaurio ya estaba allí (Monterroso, 1998). De modo semejante, al profundizar el neoliberalismo en nuestros países, el dinosaurio del capitalismo ya estaba instalado, listo para devorar vidas, territorios y sueños. Y continúa entre nosotros, con mucha hambre, siempre reinventando sus formas de captura de las riquezas y de los cuerpos.


En este vértice, surge lo fecundo del amor y del odio. El amor se manifiesta en el cuidado cotidiano de la tierra, en la mantención de las culturas, en la reproducción comunitaria de las formas de vida que no se someten a la lógica mercantil. Por otro lado, el odio se expresa en la explotación del trabajo, en el desplazamiento forzado de pueblos originarios, indígenas, quilombolas y campesinos andinos, en la concentración de riqueza por las grandes corporaciones transnacionales y sus aliados locales que se presentan como representantes del interés nacional.


De este modo, el territorio, lejos de ser espacio neutro, se transforma en campo de batalla simbólica y material donde desigualdades sociales, raciales y culturales chocan violentamente con la economía política del extractivismo.


Ahora bien, esta economía representada por grandes inversiones exige del pueblo la oferta de su fuerza de trabajo para sobrevivir. La supervivencia se vuelve vínculo directo entre trabajo y vida; si no trabajo, no como; si no trabajo, no educo a mis hijos; si no trabajo, no hay ciencia ni conocimiento. Es aquí donde el capitalismo revela su rostro más depredador, su naturaleza de vampiro que se alimenta de la necesidad ajena.


Además, el neoextractivismo actúa como dictador silencioso, dado que cada inversión, cada mina a cielo abierto, cada proyecto de infraestructura representa no solo capital financiero, sino control sobre vidas humanas, ecosistemas y saberes locales descalificados como conocimiento válido. El modelo es presentado como desarrollo, pero produce desastres sociales y ambientales que no son accidentales, sino estructurales a su lógica (Acselrad, 2022). Sin la externalización de los costos sobre comunidades y ecosistemas, sin la apropiación de tierras y cuerpos, el extractivismo no sería rentable.


Por consiguiente, la minería a gran escala, el agronegocio latifundista y las grandes obras no son solo actividades económicas, sino formas de poder que reconfiguran territorios, silencian comunidades y borran historias de vida y modos de existencia alternativos.


Cuando una montaña es transformada en mina, cuando un río es represado para energía de industrias distantes, cuando un bosque es convertido en plantación monocultora de commodities, está en juego mucho más que lucro y pérdida ambiental. Está en juego la propia definición de lo que significa vivir bien, de lo que cuenta como vida digna, de lo que es considerado conocimiento válido y legítimo, quién tiene derecho a hablar y ser escuchado, quién existe social y políticamente.


Si los desastres son estructurales, necesitamos preguntarnos: ¿estructurales desde cuándo? La historia latinoamericana no comienza con el neoliberalismo, sino con la colonización. La plata de Potosí, el oro del Brasil colonial, el caucho amazónico, el salitre chileno, el azúcar, el café, el petróleo, el gas, el cobre. La lógica siempre ha sido la misma: territorios convertidos en zonas de saque, poblaciones en fuerza de trabajo descartable, naturaleza reducida a recurso.


Así, el neoextractivismo no rompe con esta tradición, la actualiza.
Desde otra perspectiva, la naturaleza no puede ser entendida como un simple escenario pasivo, sino como un actor político que interviene en las dinámicas sociales, lo que obliga a repensar las formas de organización colectiva y las nociones de democracia y conocimiento (Latour, 2004).

En consecuencia, el debate sobre el extractivismo no trata solo de recursos materiales, sino de mundos posibles, de formas de organizar la coexistencia entre humanos y no humanos.


Finalmente, entre el amor y el odio no existe neutralidad posible.

El amor es fuerza política, ética y epistemológica.El odio es estructura material de poder.

Reconocerlo es ya un acto de resistencia.


REFERENCIAS

ACSELRAD, Henri. Los desastres y la ambientalidad crítica del capitalismo neoextractivista. En: ACSELRAD, Henri (org.). Neoextractivismo y autoritarismo: afinidades y convergencias. Río de Janeiro: Garamond, 2022. p. 311-326.

LATOUR, Bruno. Políticas de la naturaleza: cómo hacer ciencia en la democracia. Traducción de Carlos Aurélio Mota de Souza. Bauru: EDUSC, 2004.

MONTERROSO, Augusto. La oveja negra y otras fábulas. Río de Janeiro: Rocco, 1998.

 
 
 

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