Cuotas sin poder: la paridad pendiente en Huancabamba
- Rufino Pariacaca
- 17 jun
- 4 min de lectura

El presente texto tiene como propósito analizar ciertas problemáticas que permanecen abiertas en el debate sobre democracia, política y participación femenina en los ámbitos de representación pública, especialmente en contextos rurales como la provincia de Huancabamba. En este sentido, la participación política de las mujeres constituye uno de los indicadores más utilizados para evaluar la calidad de una democracia. Es así, que, durante las últimas décadas, el Perú ha impulsado reformas orientadas a fortalecer la representación femenina mediante mecanismos de cuotas, paridad y alternancia electoral.
Estas medidas han permitido incrementar significativamente la presencia de mujeres en las listas de candidatos. Sin embargo, en territorios rurales como Huancabamba y sus distritos, persistiría una pregunta fundamental: ¿Qué la mayor presencia de mujeres en los procesos electorales se ha traducido en una participación efectiva, y en una influencia real sobre las decisiones que afectan a sus comunidades?
La respuesta exige mirar más allá de las estadísticas. Si bien las normas electorales han ampliado las oportunidades de participación, ello no significa necesariamente que las mujeres hayan alcanzado una posición equivalente en la toma de decisiones. En numerosos contextos rurales, la representación femenina continúa enfrentando limitaciones derivadas de factores históricos, culturales, económicos y educativos que exceden el ámbito estrictamente electoral.
En Huancabamba y sus territorios, las mujeres participan activamente en asociaciones productivas, programas sociales, organizaciones religiosas, comités comunales y diversas formas de organización colectiva. Su presencia en la vida social y comunitaria es innegable. Sin embargo, esta participación no siempre encuentra una correspondencia equivalente en los espacios de representación política o en los niveles donde se toman las decisiones más relevantes para el desarrollo local.
Esta situación invita a reflexionar sobre la diferencia entre representación formal y poder efectivo. La primera se refiere a la presencia de mujeres en listas electorales o cargos públicos; la segunda, a la capacidad real de influir en las decisiones, definir agendas y ejercer liderazgo dentro de las instituciones. Ambas dimensiones no son necesariamente equivalentes.
Desde la perspectiva de Foucault (2002), el poder no debe entenderse únicamente como una facultad asociada a las instituciones estatales. Por el contrario, se encuentra distribuido a través de prácticas sociales, discursos y relaciones cotidianas que determinan quién posee legitimidad para hablar, decidir y gobernar. Bajo esta mirada, la desigualdad política no se explica solamente por la ausencia de normas inclusivas, sino también por la persistencia de estructuras culturales que continúan asignando roles diferenciados a hombres y mujeres.
En los territorios andinos, estas dinámicas suelen estar vinculadas a procesos históricos de larga duración. Durante generaciones, los espacios públicos fueron concebidos principalmente como ámbitos masculinos, mientras que las mujeres asumían responsabilidades asociadas al cuidado familiar, la economía doméstica y el sostenimiento de la vida comunitaria. Aunque esta realidad viene cambiando de manera progresiva, sus efectos continúan influyendo en las oportunidades de acceso al liderazgo político.
Por otra parte, Fraser (2008) sostiene que una democracia verdaderamente inclusiva requiere avanzar simultáneamente en tres dimensiones: redistribución, reconocimiento y representación. En consecuencia, no basta con garantizar la presencia de mujeres en los espacios políticos; también es necesario que existan condiciones materiales, reconocimiento social y oportunidades efectivas para el ejercicio de la ciudadanía plena.
Asimismo, las desigualdades económicas y educativas continúan condicionando la participación política femenina. En muchas zonas rurales, las mujeres enfrentan una carga simultánea de responsabilidades productivas, domésticas y comunitarias que limita su tiempo disponible para involucrarse en actividades políticas. Esta situación genera barreras que no siempre son visibles en las estadísticas electorales, pero que influyen directamente en las posibilidades reales de participación.
La reflexión de Spivak (2003) resulta particularmente pertinente en este contexto. Al preguntarse si el sujeto subalterno puede hablar, la autora plantea una cuestión fundamental sobre las condiciones necesarias para que determinadas voces sean efectivamente escuchadas dentro de las estructuras de poder. La participación política no consiste únicamente en estar presente, sino también en tener la posibilidad de incidir y ser reconocida como interlocutora legítima.
De manera complementaria, Rivera Cusicanqui (2010) advierte que los procesos de inclusión pueden coexistir con formas persistentes de dominación. Desde esta perspectiva, la ampliación de la representación femenina constituye un avance importante, pero no garantiza por sí sola una transformación profunda de las relaciones de poder existentes en los territorios rurales.
Por ello, el desafío de fortalecer la participación política de las mujeres en los territorios de Huancabamba no puede reducirse simplemente al cumplimiento de porcentajes o requisitos electorales administrativos. Más bien, exige promover cambios culturales, fortalecer los procesos de formación ciudadana, ampliar las oportunidades educativas y consolidar espacios de liderazgo femenino que permitan una participación más activa en la toma de decisiones.
En definitiva, el problema central no radicaría únicamente en cuántas mujeres aparecen en una candidatura, o están activas en la política; sino en cuánto poder real poseerían para influir en las decisiones colectivas para ser parte de las transformaciones de sus territorialidades. Por ello, que, a corto, mediano y largo plazo, la consolidación de una democracia más inclusiva dependerá de la capacidad de transformar la representación formal en participación efectiva en altos porcentajes más concretos y reales. De tal forma, que mientras esa transición permanezca inconclusa, la paridad solo seguirá siendo una meta alcanzada solo en las normas, pero todavía pendiente en el ejercicio cotidiano del poder real de los pueblos. Solo entonces podrá afirmarse que la democracia ha dejado de ser una promesa de inclusión para convertirse en una práctica efectiva de igualdad política.
Por: Hilder Alberca Velasco
Sociólogo, IPPUR/UFRJ/BRASIL
Referencias
Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores.
Fraser, N. (2008). Escalas de justicia. Herder Editorial.
Rivera Cusicanqui, S. (2010). Ch'ixinakax utxiwa: Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores. Tinta Limón.
Spivak, G. C. (2003). ¿Puede hablar el subalterno? Revista Colombiana de Antropología, 39, 297-364




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