De partidos y grupos religiosos: fundamentalismo y proselitismo

Actualizado: 5 de oct de 2018



Hace unos años atrás, un grupo de fanáticos evangélicos organizó un “plantón pacífico” que culminó en una de las Iglesias católicas más concurridas de Guayaquil. La consigna liderada por uno de los pastores del lugar era “convertir a los católicos”, aunque digamos que dicho objetivo no fue alcanzado, pues los improperios y ofensas terminaron más bien en enfrentamientos, al mero estilo de las peleas callejeras.


El asunto, si bien tiene que ver con la fe, puede ser leído al margen de ella, y eso es lo que quisiera hacer ahora, puesto que uno podría estar de acuerdo con algunos de los gritos evangélicos o católicos, y no por ello justificar un acto de semejante barbarie que podría recordarnos a Goebbels y su principio de vulgarización, que entre otras cosas, declara que la masa social es tan inteligente, como su miembro más tonto.


Pues bien, sin más introducción valga decir que dos son los males de cualquier grupo, sea este religioso o no, que podrían terminar por destruirlo: el fundamentalismo y el proselitismo. Por supuesto al decir "cualquier grupo" valga considerar en el marco de estos conceptos, las diferentes peleas partidistas que algunos quieren hacer pasar por políticas (me refiero a la política del bien común).


Pixley propone que se utilice el término fundamentalismo únicamente “para movimientos religiosos que sean a) escriturísticos, b) virulentamente anti-modernistas, c) autoritarios y patriarcales, y d) tengan proyectos políticos restauracionistas”. Pues bien ¿a cual de los grupos se podrá aplicar esta definición? Sin duda, en ambos casos nos encontramos con doctrinas que se basan en escritos considerados sagrados, pero cuyas lecturas son generalmente literales; que incluyen anti ideas modernas; sin duda, patriarcales (basta ver quienes son pastores o líderes); y además que anhelan una sociedad del pasado que en realidad nunca existió. Podría decirse que ambos entran en la definición y por lo tanto manifiestan una profunda falta de apertura al diálogo.


Por otro lado, el proselitismo, término que suena a meramente político, tiene que ver con la intención de ganar adeptos de cualquier forma para sumar personas, que al mismo tiempo estén convencidas de las ideas del grupo, o que tengan una muy buena capacidad de adaptación a las mismas. Es decir, la constante campaña por ganar adeptos, aunque sean simplemente numerarios para que crezcan las estadísticas, y aunque sean verdaderos militantes dispuestos a salir a las calles a protestar por pensar, de manera fundamentalista, diciendo que ellos tienen la verdad y la razón y no los otros.


En ambos casos, como se puede percibir, hay un gran peligro de convertir la ideología en un concepto utilitario e instrumental. Ese es a mi modo de ver, el problema de los grupos que, sin mucha reflexión defienden a ultranza argumentos que muchas de las veces carecen de sentido. Ese es el problema de quienes piensan que el siglo XXI se pueden cambiar las posturas gritando las propias, aunque ello implique, directa o indirectamente, hacer uso de la violencia que, religiosamente, cuestionan bajo la consigna del amor y la revolución.


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